Padre Feijoo, 300 años del primer ‘fact-checker’ de España
Vivimos convencidos de que las fake news son un invento moderno y nos creemos especiales en nuestra lucha contra la desinformación. Sin embargo, la realidad es menos complaciente: la batalla por la verdad es antigua, incómoda y constante. Hace exactamente trescientos años, en una celda monástica de Oviedo, un hombre solitario declaró la guerra intelectual a los bulos de todo un país. No tenía internet, ni herramientas de verificación, ni un equipo de periodistas. Tenía una pluma, una biblioteca y la convicción de que la razón y la tradición católica no solo podían convivir, sino reforzarse mutuamente. Se llamaba Benito Jerónimo Feijoo.
Corría 1726. España salía exhausta de la Guerra de Sucesión y se aferraba a su identidad católica. El problema no era la fe, sino la confusión que la rodeaba. En la vida cotidiana convivían la devoción sincera y una credulidad popular tolerada por costumbre. Se creía que los eclipses anunciaban muertes reales, que el sol derretía el cerebro y que el toque de un monarca curaba las escrófulas. En medicina, prácticas peligrosas se perpetuaban no por su eficacia, sino porque así lo decían los antiguos. La autoridad mal entendida valía más que la experiencia.
En ese contexto, el padre Feijoo, monje benedictino, publicó el primer tomo del Teatro Crítico Universal, obra dedicada al «desengaño de errores comunes». No era un revolucionario ni un enemigo de la tradición, sino algo más incómodo: alguien que entendió que defender la verdad no es atacar el legado recibido, sino salvarlo de la superstición que lo degrada. Su propósito no era destruir la España católica, sino fortalecerla depurándola de errores que la debilitaban frente a Europa.
Criticó la astrología
El método de Feijoo era sencillo y subversivo: someter a examen racional aquello que se aceptaba por mera repetición. Cuando algo se defendía por su antigüedad, preguntaba si era verdadero. Negó la influencia determinista de los astros sin negar la Providencia y criticó la astrología judicial apoyándose en la física. También denunció prácticas médicas dañinas, como el abuso de sangrías, desde un principio de prudencia. Para él, la experiencia valía más que la autoridad citada sin entendimiento.
Lo que Feijoo practicaba era una forma exigente de conservadurismo intelectual: conservar lo verdadero y valioso, y desechar las adherencias de la ignorancia. Se negó a aceptar que el error se convirtiera en tradición por el simple hecho de ser antiguo. Para él, la tradición auténtica no teme al examen racional. Solo las falsificaciones necesitan refugiarse en la oscuridad.
No es casual que se definiera como ciudadano libre de la República de las Letras, ni que escribiera en castellano para ser entendido por todos. Feijoo no quería convencer a una élite, sino formar lectores capaces de pensar. El Teatro Crítico Universal conoció una difusión extraordinaria, fue reimpreso durante décadas y generó una polémica intensa. Pocas veces un monje español había provocado un debate público de tal magnitud.
Como ocurre siempre que alguien desafía errores consolidados, Feijoo se ganó enemigos: médicos mediocres, eruditos pedantes y autores que vivían de la credulidad ajena. Se escribieron numerosos libelos contra él, acusándolo de soberbia y de dañar el honor nacional. Pero contó con apoyos decisivos, incluido el de la Corona, que entendió que su labor no socavaba el orden, sino que lo fortalecía. No fue perseguido, sino reconocido como una figura útil para el bien público.
La lección sigue siendo incómoda. El reformismo ilustrado del siglo XVIII comprendió que un país no se fortalece alimentando fantasías, sino educando en la realidad. El patriotismo serio no consiste en repetir que somos los mejores, sino en señalar los errores para corregirlos. Feijoo amaba a España precisamente por eso: porque se negó a adularla. Resulta difícil no ver el paralelismo con nuestro tiempo. Él combatía falsos milagros; nosotros combatimos conspiraciones, estadísticas manipuladas y relatos diseñados para explotar emociones. El cerebro humano sigue prefiriendo una mentira simple a una verdad compleja. Feijoo entendió que la ignorancia no es pasiva: actúa, se organiza y se defiende. Por eso hay que combatirla con la misma energía con la que se combate la corrupción moral.
Su obra abrió el camino a la Ilustración en España. No a una ruptura anticristiana, sino a una Ilustración católica que afirmaba la alianza entre fe y razón. Enseñó que dudar no es traicionar, sino honrar la inteligencia. En 2026 se cumplirá el tricentenario de aquella publicación y merece ser leída como un acto de valentía intelectual. La herencia de Feijoo es clara: la verdad no tiene ideología, pero defenderla exige carácter. Preservar lo real frente a lo falso. Defender la razón frente al sentimentalismo. Exigir excelencia frente a la mediocridad. Hace tres siglos, un monje encendió la luz. Sería imperdonable que, con tantos medios a nuestro alcance, fuéramos nosotros quienes eligiéramos volver a la sombra.






