Agustina de Aragón y Alegría de Ferraz

«Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Muy Benéfica, Siempre Heroica e Inmortal». Así reza la gloriosa lista de títulos que orlan el escudo de Zaragoza desde que la ciudad resistió dos asedios napoleónicos que la dejaron en escombros pero no de rodillas. Entre 1808 y 1809, los zaragozanos pelearon casa por casa, calle por calle, convento por convento, hasta que de los 55.000 habitantes apenas una fracción sobrevivió. Ni las bombas, ni el hambre, ni el tifus quebraron su empeño.

Agustina de Aragón disparando el cañón sobre los cadáveres de los artilleros, el general Palafox rechazando la rendición con su célebre «guerra y cuchillo», los frailes lanzando aceite hirviendo desde los campanarios. Una epopeya que dio la vuelta a Europa y convirtió a Zaragoza en símbolo universal de resistencia. Así, 217 años después, el PSOE aragonés ha decidido que resistir está sobrevalorado.

Donde los maños de 1808 cavaron trincheras en el Coso, los socialistas de 2025 extienden alfombras rojas. Donde Palafox gritó que antes destruirían la ciudad piedra por piedra que entregarla, Alegría y los suyos entregan las llaves sin que nadie se las pida. Ni un tiro, ni una barricada, ni siquiera un amago de dignidad. Ferraz ha desplegado sus cañones y el socialismo aragonés ha levantado bandera blanca antes de que ruede la primera bala de fogueo. La escabechina de Alegría —cinco notables defenestrados, toda una generación política del lambanismo mandada al ostracismo— no es una purga cualquiera.

Es la rendición formal de una tierra que hizo de la rebeldía su seña de identidad. Los mismos que presumen de tatuar en sus carnes el «no se rinde», se han arrodillado ante Pedro Sánchez sin rechistar. Ni un gesto, ni una protesta, ni una dimisión airada que al menos salvara las formas. Pura capitulación burocrática, con acta notarial y sello de goma.

Mansitos y sin rechistar

Uno imagina a Agustina de Aragón contemplando el espectáculo desde su pedestal del Portillo y preguntándose en qué momento los descendientes de aquellos héroes cambiaron la artillería por las genuflexiones. Porque lo que está ocurriendo en el PSOE aragonés no es política, es vasallaje. Una sucursal que acata órdenes de la central sin pestañear, feliz de sacrificar liderazgos locales con tal de conservar la nómina y el carnet. La misma Alegría, paracaidista de lujo enviada desde Madrid, es el símbolo perfecto de esta rendición: una ministra más atenta a Ferraz que a su cartera, impuesta sobre los escombros del lambanismo con el mismo entusiasmo que un funcionario que cambia de destino porque así lo ordena el BOE. Y lo más sangrante es que ni siquiera lo disimulan.

Sánchez explicó la semana pasada a su dócil Ejecutiva que da igual perder en Aragón, en Castilla y León, en Andalucía.  Que se sacrifiquen los territorios porque él seguirá en Moncloa comprando lealtades periféricas con ese invento llamado «financiación singular». Los socialistas aragoneses, que en tiempos de Marcelino Iglesias o incluso del propio Lambán conservaban algo de carácter, escucharon el discurso y tragaron. Mansitos. Sin rechistar. Como carneros camino del matadero. Ni Lannes ni Mortier, los generales napoleónicos que bombardearon Zaragoza hasta convertirla en ruinas, lograron lo que ha conseguido Ferraz sin disparar un solo obús: la rendición total y absoluta del socialismo aragonés. Al menos los franceses tuvieron que pelear por cada palmo de terreno, Sánchez ni siquiera ha sudado.

El 8 de febrero, cuando Alegría se estrelle contra el muro de la realidad electoral y el PSOE se desplome hasta su suelo histórico, quizá alguien recuerde que Aragón fue tierra de carácter, de fueros propios, de esos que preferían morir antes que doblegarse. Pero ese Aragón, el de los Sitios, el de la ciudad «Inmortal», hace tiempo que dejó de existir en las siglas socialistas.

Ahora son otra cosa: un apéndice administrativo de Ferraz, una franquicia obediente, unos derrotados que ni siquiera tuvieron el orgullo de presentar batalla. Agustina de Aragón merece mejor memoria, los zaragozanos que pelearon casa por casa merecen mejor legado. Y los aragoneses de hoy merecen un socialismo que al menos conserve un resto de dignidad antes de claudicar. Pero ese PSOE, como la ciudad tras el segundo sitio, ya es sólo escombros. Con una diferencia: aquellos escombros escondían heroísmo. Estos, sólo sumisión.

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