El día que Aragón descubrió lo que era ‘veranear’
Mucho antes de que Benidorm levantara hoteles en vertical o de que los británicos tomaran el sol en Mallorca, hubo una época en la que buena parte de la comarca del Jalón se puso en marcha como si hubiera descubierto, sin saberlo, la idea actual de irse unos días fuera. Era el siglo XVIII y el escenario era Jaraba, un valle precioso aunque entonces remoto, donde la devoción a la Virgen y la fama de unas aguas termales que empezaban a ganar prestigio provocaron un movimiento estacional sorprendentemente intenso para una zona rural.
La estampa debió de ser inolvidable. Desde Calatayud, Ateca o Ariza salían grupos enteros de vecinos, cofradías completas, familias enteras y el sacerdote encargado de poner orden en la comitiva. Los caminos eran duros, pedregosos y llenos de polvo, pero durante las fechas señaladas se animaban con carros cargados, voces, cantos y esa mezcla de cansancio y emoción que acompaña a cualquier desplazamiento colectivo. No eran multitudes al estilo actual, pero sí un volumen de gente suficiente para que aparezca en los archivos parroquiales. Y eso, en pleno siglo XVIII, significa movimiento de verdad.
A la romería se unía otro motivo que hoy nos resulta casi cotidiano. Las aguas termales de Jaraba ya eran conocidas en la zona por aliviar dolores y problemas de piel. No existían balnearios como los del siglo XIX, pero sí un hábito incipiente de acudir a las fuentes naturales. Muchos peregrinos, después de cumplir con la parte religiosa, decidían quedarse un poco más para probar el agua y ver si les hacía algún bien. Algo así como el precursor rural de prolongar la estancia porque “ya que estamos aquí…”.
Este flujo anual generaba una economía paralela bien documentada. En los días de romería subía el precio del pan en algunos pueblos cercanos, los arrieros hacían negocio alquilando caballerías y aparecían vendedores ambulantes con estampas, rosarios y comida. Algunas familias acondicionaban pajares y corrales como alojamiento temporal. En una tierra agrícola, acostumbrada a ingresos modestos y previsibles, estos días suponían un pequeño respiro.
Lo más llamativo es la organización. Cada romería tenía fecha acordada, punto de salida, responsables de guiar al grupo y normas básicas para que nadie se quedara atrás. No había carreteras ni existía la idea de viajar por placer, pero la estructura se parecía más de lo que creemos a una excursión actual, una IMSERSO de la época casi. Para muchos vecinos era el único desplazamiento largo del año y, aunque su motivo principal era religioso o medicinal, implicaba convivir con otros pueblos y compartir camino y propósito.
Esa tradición no quedó en nada. Cuando en el siglo XIX se desarrollaron los balnearios de Jaraba, Panticosa o Alhama, la población ya estaba habituada a desplazarse por salud y pasar algunos días fuera de casa. Las romerías habían enseñado, sin pretenderlo, que viajar podía formar parte de la vida cotidiana y no ser solo cosa de comerciantes o aristócratas.
Hoy Jaraba es un destino tranquilo, con hoteles, balnearios y senderos bien marcados. Pero cuesta no imaginar cómo sería aquel valle cuando llegaban los peregrinos… los carros avanzando despacio, los caminos llenos de voces y el sonido de las campanas recibiendo a quienes venían desde kilómetros. No fue turismo de masas como el de ahora y nadie lo concibió así, pero sí fue la primera vez que Aragón mostró que podía movilizar a mucha gente por algo que no era trabajo ni obligación.
Y quizá lo más interesante de todo es esto. Aquellos vecinos no viajaban para entretenerse ni para romper la monotonía, sino para cumplir con su devoción y, si podían, aliviar algún mal. Pero sin proponérselo, dejaron una huella en la forma de moverse por la región. Jaraba mostró que los caminos podían llenarse de gente que compartía propósito, que el viaje podía realizarse en grupo y que desplazarse varios días no era algo extraordinario. En aquel cruce de fe, salud y comunidad se esconde uno de los episodios más reveladores de cómo Aragón empezó a recorrer su propio territorio mucho antes de que nadie hablara de turismo.






