Cuando noviembre se volvió navideño
Este domingo la plaza del Pilar estaba preciosa. Las luces ya encendidas, el mercadillo navideño con sus casetas de madera, olor a castañas asadas, familias paseando con los críos señalando los adornos. Y las tiendas del centro llenas, gente entrando y saliendo con bolsas, aprovechando los últimos días del Black Friday. Había ambiente, de eso no hay duda. Un ambiente que mezcla lo navideño con lo comercial de una forma que hace unos años nos hubiera parecido rara, pero que ahora ya damos por normal.
Me gusta ver Zaragoza así, animada. Las tiendas necesitan vender, la gente necesita trabajar y la economía necesita girar. Todo eso lo entiendo perfectamente, pero cuando veo estas estampas, no puedo evitar hacerme preguntas.
¿Cuándo decidimos que noviembre era parte de la Navidad? Porque antes la Navidad empezaba en diciembre, con el calendario de adviento, con preparar el árbol, con ir mirando regalos poco a poco. Ahora parece que la Navidad empieza cuando las ofertas del Black Friday salen, ya no son las luces las que marcan el inicio de la temporada navideña, son los descuentos. Hemos cambiado el portal de Belén por el portal de Amazon.
Y mira que el ambiente es bonito, reitero, de verdad que lo es. Ver a la gente en la calle con abrigo y bufanda parándose en los puestos del mercadillo, tomando algo caliente, compartiendo esos momentos. Eso es lo que tiene que ser una ciudad en Navidad, pero me pregunto si realmente estamos disfrutando del ambiente, o simplemente estamos cumpliendo con un ritual de consumo que hemos aceptado sin cuestionarnos demasiado.
Aragón va a crear más de 3.000 empleos temporales para esta campaña. Está bien, claro que está bien. Son familias que van a tener un ingreso extra en diciembre, gente que encontrará trabajo, aunque sea por unas semanas. Pero también es verdad que en febrero esos mismos trabajadores estarán otra vez buscando empleo. Es un parche, no una solución. Y lo sabemos todos, aunque no nos guste reconocerlo.
Lo que más me llama la atención es cómo hemos normalizado esta mezcla de tradición y consumo desaforado. Los puestos del mercadillo navideño conviven con las rebajas del Black Friday como si fueran lo mismo, como si comprar unas zapatillas con un 50% de descuento tuviera algo que ver con el espíritu navideño. Y lo hemos mezclado tan bien que ya ni nos chirría. Hemos convertido el Black Friday en la nueva Nochebuena, todos reunidos, pero alrededor de una pantalla buscando ofertas.
No quiero sonar como el típico abuelo cebolleta quejica, convencido de que todo tiempo pasado fue mejor. No lo fue, pero tampoco podemos caer en el otro extremo, en pensar que esto es sostenible. Que podemos seguir consumiendo a este ritmo, que podemos sustituir la vida de barrio por grandes superficies, que podemos convertir noviembre entero en una maratón de compras y llamarlo éxito.
Porque sí, este domingo hubo éxito. Hubo gente en las calles, hubo ventas, hubo movimiento. Pero el éxito real sería que esa gente también estuviera en las calles en febrero, comprando en la tienda del barrio, apoyando al comercio local y construyendo comunidad. Que la Navidad fuera algo más que un pico de ventas en el calendario comercial.
Entiendo que necesitamos consumir y entiendo que la economía funciona así. Pero entre el ambiente navideño de la plaza del Pilar y las ofertas agresivas del Black Friday hay una distancia que deberíamos medir. Porque una cosa es disfrutar de las tradiciones, compartir momentos, hacer regalos con sentido… y otra muy distinta es comprar por comprar, acumular por acumular, consumir porque nos han convencido de que eso es celebrar. Al final, nos hemos tragado el cuento de que gastar es querer.
Este domingo Zaragoza estaba bonita, no lo voy a negar. Pero me gustaría que ese ambiente, esa vida en las calles y esa ilusión que se respira en la plaza del Pilar no dependiera de cuántos descuentos hay disponibles. Me gustaría que pudiéramos celebrar la Navidad sin necesidad de convertirla en un maratón de consumo, me gustaría que el éxito de un domingo no se midiera solo en bolsas y transacciones.
Al final, lo que hace especial la Navidad no es lo que compramos, sino con quién lo compartimos. Y eso, afortunadamente, no entra en ninguna oferta del Black Friday.






