El norte de Taiwán fue español y así lo conquistaron los holandeses en menos de una semana
Pocos españoles saben que durante dieciséis años, entre 1626 y 1642, el norte de Taiwán fue territorio español. Allí fundamos San Salvador, en lo que hoy es el estratégico puerto de Keelung, y Santo Domingo, la actual Tamsui. Ciudades con nombres que resuenan extrañamente familiares en los archivos taiwaneses y que ahora, casi cuatro siglos después, se encuentran en el centro de la tensión geopolítica entre China y Estados Unidos.
La historia comenzó como una respuesta calculada a los movimientos holandeses en Asia. Desde Manila, los gobernadores españoles observaban con preocupación cómo los Países Bajos consolidaban su dominio en el sur de Taiwán, convirtiendo la colonia de Zeelandia en un emporio comercial que les permitía controlar las rutas marítimas entre China, Japón y el sudeste asiático. Para España, aquella isla frente a las costas de Fujian era una pieza clave en el tablero del Pacífico, un punto desde donde proteger los galeones de Manila cargados de plata americana que venían a intercambiarse por seda china, porcelana y especias.
Así que en 1626 partió desde Manila una expedición militar con órdenes claras: establecer una presencia permanente en el norte de Taiwán antes de que los holandeses se quedaran con todo. Los españ oles desembarcaron en Keelung, levantaron el fuerte de San Salvador sobre un promontorio rocoso que dominaba el puerto natural y comenzaron la colonización de un territorio habitado por pueblos austronesios. Durante los primeros años hubo comercio con las poblaciones locales, conversiones al cristianismo por parte de los misioneros dominicos y una colonia que prosperaba modestamente dejando una huella que todavía puede verse en las ruinas de los fuertes que quedan en el norte de la isla.

Mapa del puerto de la Santísima Trinidad, controlado por España.
Pero mantener aquella colonia tan alejada de Manila era carísimo, y a partir de 1637 comenzó a gestarse la decisión fatal. Sebastián Hurtado de Corcuera, el nuevo gobernador de Filipinas, se encontró con un panorama desastroso: la independencia de Portugal en 1640 había significado la pérdida de decenas de asentamientos asiáticos que hasta entonces operaban bajo la misma corona, los holandeses atacaban constantemente las posiciones españolas en todo el sudeste, los tifones destrozaban regularmente los fuertes de Taiwán, la malaria diezmaba las guarniciones y enviar refuerzos desde Manila era cada vez más complicado. En medio de esta tormenta perfecta, Hurtado de Corcuera tomó la decisión que todos lamentarían. Ordenó que la mayoría de las tropas regresaran a Manila, dejando en San Salvador y Santo Domingo con apenas un puñado de soldados para defender lo que había costado años construir. Era concentrar fuerzas ante múltiples emergencias, sí, pero también una invitación abierta para los holandeses.
Y así fue. En agosto de 1642, cuatro grandes navíos holandeses con trescientos sesenta y nueve soldados atacaron los debilitados fuertes españoles. La guarnición, reducida a una fracción de su capacidad original y sin esperanza de recibir refuerzos, capituló tras seis días de combate. Terminó así la presencia española en Taiwán, en una derrota que el propio Hurtado de Corcuera pagaría con cinco años de cárcel en Filipinas por haber sido considerado el culpable directo de perder la isla.

Biombo japonés que muestra barcos y personajes europeos.
Pieza clave en el mundo actual
Lo fascinante de esta historia es verla desde hoy. Taiwán concentra ahora la atención mundial por ser el principal productor de semiconductores avanzados y el escenario potencial de un conflicto entre las dos superpotencias del siglo XXI. Aquellos mismos puertos que España fundó son ahora infraestructuras críticas para la economía digital global y objetivos militares de primer orden. Las ruinas del fuerte de San Salvador en Keelung, restauradas por el gobierno taiwanés, reciben miles de visitantes cada año que contemplan asombrados aquellos muros de piedra volcánica levantados por soldados españoles que jamás imaginaron que su pequeña guarnición acabaría siendo un capítulo olvidado de la historia justo en el epicentro geopolítico del siglo XXI.
Quizás la gran lección de esta historia es que la geopolítica nunca olvida los lugares estratégicos, aunque nosotros olvidemos que alguna vez estuvimos allí. Hurtado de Corcuera pensó que estaba ahorrando dinero en una colonia lejana e irrelevante, pero en realidad estaba renunciando a un asiento en la mesa donde hoy se juega el futuro tecnológico y militar del planeta. A veces lo que parece un gasto innecesario es simplemente una inversión cuyo valor tardaremos cuatro siglos en comprender






