Donde el agua tiene memoria

Hay debates que deberían estar cerrados hace tiempo, pero en este país por desgracia siempre vuelven, uno de ellos es el del trasvase del Ebro. Da igual cuántas veces se explique o cuántos informes lo desaconsejen, cuando escasea el agua o aprieta la política, vuelve el viejo sueño de llevarse el río lejos. Como si fuera una cañería interminable o una cuenta común que abres o cierras a gusto del consumidor, el Ebro no es eso ni lo ha sido nunca.

Quien haya vivido cerca del río lo sabe sin necesidad de discursos. Basta con mirarlo una tarde de verano cuando el sol se apaga sobre las huertas para entender que ese cauce es mucho más que agua. Es historia, es memoria y es la columna vertebral de nuestra tierra. Decir que “sobra” agua en el Ebro es no haber entendido nada, en un río no sobra nunca el agua porque lo que llega al mar cumple su función: alimenta el delta, mantiene el equilibrio y da vida a lo que muchos ni siquiera ven.

Aquí en Aragón sabemos lo que cuesta ganarse cada gota, lo aprendimos siglos atrás cuando las comunidades de regantes eran ejemplo de democracia y sentido común. Nadie se apropiaba del agua porque el agua no tenía dueño, se compartía con justicia, se respetaban los turnos y se cuidaban las acequias como si fueran venas del territorio. Esa cultura del esfuerzo, del respeto y del acuerdo es la que permitió que esta tierra seca floreciera.

Luego llegaron los embalses. Y sí, hay que decirlo con claridad, los embalses han sido necesarios. Mequinenza, Yesa, El Grado, La Sotonera… fueron proyectos duros, a veces polémicos, pero fundamentales para garantizar el desarrollo. Sin ellos no habría habido riego, ni energía, ni seguridad frente a las riadas. No se trata de demonizarlos aunque ahora esté de moda, bien gestionados los embalses son aliados… pero su sentido siempre fue regular dentro de la cuenca, no vaciarla hacia otra.

Porque un trasvase no regula: arranca. Lo que un embalse guarda, un trasvase se lleva. Y cuando se lleva demasiado el río deja de ser un río, lo del delta es el mejor ejemplo. Cada año retrocede un poco más, y cada metro que pierde es un aviso: no sobra nada. Lo que algunos llaman “agua que se pierde en el mar” es, en realidad, el corazón del equilibrio natural. Pensar que eso es un desperdicio es como decir que el aire que exhalamos se desaprovecha, ignorancia.

Y luego está el cambio climático. Ya no es una amenaza futura, es el presente. Llueve de forma irregular, nieva menos, el verano se alarga y el invierno ya no garantiza reservas. El caudal del Ebro baja año tras año y los expertos hablan de reducciones del 20 o 30% en las próximas décadas. En ese escenario seguir hablando de trasvases es poco menos que un disparate. Es como si en mitad de un incendio, alguien pidiera más leña.

No se trata de egoísmo, seamos claros. Aragón siempre ha sido solidario. Pero la solidaridad no significa regalar lo que uno necesita para vivir. Significa compartir soluciones, no problemas. Si hay escasez en otras regiones lo lógico es invertir en eficiencia, en desaladoras, en depuración y en ahorro. Lo que no tiene sentido es seguir expandiendo regadíos o campos de golf y esperar que el Ebro lo solucione. Eso no es solidaridad, eso es huir hacia adelante y consentir los caprichos de los de siempre.

Además, detrás del discurso del trasvase suele haber una trampa. Se envuelve en palabras bonitas, todos las conocemos: que si «equilibrio territorial”, que si “solidaridad intercuencas”… pero al final lo que hay detrás de esos tecnicismos es negocio y política. El agua se convierte en moneda de cambio, y cuando eso pasa, el río deja de ser vida y se convierte en botín. Y eso duele. Porque el Ebro no es solo un recurso: es parte de lo que somos.

Defender el Ebro no es cerrarse al diálogo, es defender el sentido común. Compartir sí, pero sin poner en riesgo tu propia casa. Cuidar lo nuestro no es egoísmo, es responsabilidad. Aragón ya ha demostrado que sabe gestionar el agua, lo hemos hecho durante siglos. Sabe ahorrar, sabe regular y sabe convivir con la sequía, lo que no puede hacer es regalar lo que garantiza su futuro.

El futuro del agua pasa por la inteligencia, no por las tuberías. Por la innovación, la reutilización, la modernización de los regadíos y la conciencia ambiental. Por entender que el agua no se roba, se cuida. Que no se trata de tener más, sino de usar mejor lo que hay. El Ebro no necesita trasvases, necesita respeto. Necesita que lo dejemos ser río, que llegue al mar, que mantenga su ritmo. Que no lo convirtamos en una autopista de agua, porque cuando se vacía un río, no se seca solo el cauce… se seca también la vida y la forma de entender el mundo de quienes viven junto a él.

Y si algo ha enseñado Aragón es que del agua se vive, pero también se aprende. Se aprende paciencia, se aprende a medir y se aprende a compartir. Esa es la verdadera lección que deberíamos exportar. No litros, sino ideas. No caudales, sino ejemplo.

El Ebro no se toca, no porque sea nuestro, sino porque es de todos los que entienden que el agua no es negocio ni bandera, sino vida. Y el día que olvidemos eso, habremos perdido mucho más que un río.

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