El monje mallorquín que soñó con Google siete siglos antes de Internet

En el siglo XIII, mucho antes de que existieran los ordenadores, la imprenta o la electricidad, un hombre imaginó algo que parecía imposible para su tiempo: crear una máquina capaz de organizar todas las ideas del mundo y combinarlas para descubrir la verdad.

Su nombre era Ramon Llull, un mallorquín adelantado a su época que sin saberlo anticipó la lógica con la que hoy funcionan los algoritmos.

Un hombre convertido en visionario

Nació en Palma, en el seno de una familia acomodada al servicio de la corte del rey Jaime I de Aragón. Su juventud tuvo poco de monástica: fue poeta, trovador, cortesano, seductor y maestro de caballeros. Las crónicas cuentan que escribía versos provocadores cuanto menos y que disfrutaba de la vida con tanto entusiasmo como poca prudencia.

Y de ese estusiasmo nació la revelación. Una noche mientras componía un poema amoroso, no sabemos en que condiciones, aseguró haber visto a Cristo crucificado cinco veces seguidas. Aquello lo transformó por completo. Vendió sus bienes, dejó a su familia y se retiró a una cueva del monte de Randa, en pleno Mallorca. Durante meses, aislado y en ayuno, meditó sobre cómo podía servir mejor a Dios y a la humanidad.

Lo que se le ocurrió fue tan extraño como revolucionario: construir una máquina que ayudara a pensar.

En la cueva no tenía engranajes ni cables, imposible en el Siglo XIII, pero sí una mente que funcionaba como un ordenador avant la lettre. De su retiro surgió el Ars Magna, un sistema de ruedas concéntricas llenas de símbolos y letras. Cada rueda representaba atributos divinos tales como bondad, sabiduría y poder. Al girarlas, se combinaban entre sí y generaban nuevas proposiciones.

Imaginemos un círculo con tres discos giratorios: uno con letras, otro con conceptos y otro con relaciones. Al girar, encajaban y de esa combinación surgía una idea. Era un intento de reducir la razón a un conjunto de reglas lógicas. En otras palabras, una especie de algoritmo medieval.

Llull usó su invento para demostrar racionalmente las verdades del cristianismo, pero su ambición era aún mayor, el quería crear un lenguaje universal que pudieran entender musulmanes, judíos y cristianos,. Una herramienta de diálogo basada en la razón, no en la espada. Por eso aprendió árabe y hebreo, además de viajar incansablemente para enseñar su método.

Si existiera hoy, sería el típico genio que da conferencias TED con hábito franciscano, una mezcla curiosa. Viajó por toda Europa, desde París hasta Génova, y cruzó varias veces el Mediterráneo para debatir con sabios musulmanes en el norte de África. Hay escritos que confirman que discutía con los ulemas en su propio idioma, y que sus interlocutores lo escuchaban con una mezcla de fascinación y desconcierto.

Su carácter era intenso, quizá demasiado. En una ocasión durante una disputa teológica en Túnez, fue apedreado por una turba. Algunos relatos aseguran que sobrevivió milagrosamente y regresó a Mallorca, otros sin embargo sostienen que murió en el viaje de vuelta, en 1316, con más de ochenta años, todavía escribiendo.

Su obra fue inmensa, hay datados más de 250 libros escritos en catalán, latín y árabe. Escribió sobre teología, lógica, poesía, astronomía, e incluso tiene un tratado sobre la educación de los príncipes. Fue sin duda uno de los autores más prolíficos de la Edad Media.

De alquimista a icono tecnológico

Durante siglos, su figura fue vista como la de un alquimista. En el Renacimiento, los ocultistas lo consideraron un sabio esotérico. En el Romanticismo, los catalanes lo adoptaron como símbolo de identidad y pensamiento.

Y aunque muchos lo consideraron un místico excéntrico, su legado fue más racional que espiritual. Su Ars Magna anticipó los fundamentos de la lógica combinatoria moderna.Tanto fue así que el filósofo alemán Leibniz se inspiró en él tres siglos después para idear su lenguaje simbólico universal con el que soñaba resolver disputas filosóficas “calculando”.

Más tarde, ilustres como Alan Turing o Claude Shannon retomaron el mismo principio: si el pensamiento puede expresarse mediante símbolos y reglas, entonces una máquina también puede razonar. Llull fue, sin saberlo, el primer ser humano que concibió el razonamiento como código.

Pero no fue hasta el siglo XX cuando la ciencia empezó a reconocer su modernidad. El informático Ramón López de Mántaras, del CSIC, lo definió como “el primer programador de la historia”. En su máquina de ruedas hay una intuición que conecta con la cibernética y la inteligencia artificial. De hecho, Google Labs lo citó en un estudio sobre los orígenes del procesamiento simbólico, y algunos expertos lo comparan con el algoritmo de los buscadores modernos: combinar información para obtener respuestas.

Llull soñó con una red universal de conocimiento en la que las ideas se conectaban y generaban nuevas verdades. Sin saberlo, describió el principio básico de Internet siete siglos antes, una red conectada para compartir conocimientos.

El monje que vio el futuro

Hoy en día en muchas universidades, los estudiantes de humanidades y de informática estudian su obra con el mismo interés. En Palma tenemos una estatua de bronce suya con gesto sereno y una mano extendida, como si aún ofreciera una idea.

Si Ramon levantara la vista y viera a millones de usuarios conectados en una red global, quizá reconocería su sueño cumplido, aunque con un giro que no habría previsto. En lugar de buscar la verdad divina, los algoritmos actuales buscan clicks, likes y relevancia.

Él creía que el conocimiento debía unir a las personas. Nosotros, en cambio, hemos convertido su máquina de pensar en una máquina de distracción. Ramon Llull no inventó Internet, pero sí inventó la idea de que la razón puede ser mecánica y universal. Fue un místico que pensó como un ingeniero, un hombre medieval con la mente puesta en el futuro.

En una época dominada por la guerra santa, defendió que los argumentos valían más que las espadas. En la nuestra, dominada por los algoritmos, su pensamiento suena más necesario que nunca. Llull quería una máquina para entender a la sociedad, nosotros tenemos máquinas que nos separan. Y, quizá, en ese espejo remoto del siglo XIII, es la advertencia que más necesitamos escuchar hoy.

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