Novecientos años después, la misma lección

El 26 de noviembre de 1134, Zaragoza cayó en manos de tropas leonesas y castellanas. Duró poco, menos de lo que escriben muchos libros, pero bastó para dejar claro lo que pasa cuando un reino se desmorona y los vecinos ven la oportunidad. Alfonso I el Batallador había muerto dos meses antes con un testamento delirante (dejaba el reino a las órdenes militares, como si eso fuera viable) y sin heredero claro. La ciudad que él había conquistado en 1118, arrancándosela al dominio musulmán tras un asedio memorable, volvió a cambiar de manos. Estas cosas pasaban con más frecuencia de la que nos gustaría admitir.

Lo interesante no es el hecho militar en sí, sino lo que revela sobre los mecanismos del poder: cuando las instituciones fallan o se debilitan, alguien ocupa el hueco. Siempre. En 1134 fueron soldados con espadas y estandartes, hoy son otras cosas pero el mecanismo es exactamente el mismo. “La naturaleza aborrece el vacío” dice el refrán, y la política también.

Y es que si algo me recuerda este episodio es la situación actual con el fiscal general del Estado, la condena por revelación de secretos ha abierto un agujero institucional en el que cada cual mete lo que le interesa. El Gobierno insiste en que no hay problema real, la oposición exige dimisiones y responsabilidades políticas, y la gente ve desde fuera cómo las instituciones chirrían como una puerta oxidada, ya desde hace años. No es una invasión con caballos y estandartes, claro, pero sí es una especie de ocupación del espacio público por la desconfianza, el ruido y la confusión. Cuando las cosas no están claras, cuando nadie se pone de acuerdo ni siquiera en los hechos básicos, lo que entra es el caos.

La ventaja de mirar atrás es que sabes cómo acabó la historia. Ramiro II, hermano del Batallador y hasta entonces monje, tuvo que salir del monasterio para asumir el trono. No era guerrero ni político experimentado, pero entendió algo fundamental: que necesitaba aliados. Logró un pacto con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, a través del matrimonio de su hija Petronila, que apenas tenía un año. De ahí salió la Corona de Aragón, una de las estructuras políticas más importantes de la Edad Media. O sea, que de una crisis descomunal, de un momento en que todo parecía perdido, surgió algo nuevo y duradero. No es que todo se arreglara mágicamente ni que dejaran de existir conflictos, pero al menos hubo un proyecto común, una dirección.

¿Qué necesita España ahora? Pues algo parecido. Menos griterío, menos trincheras, y más claridad institucional. Un pacto que restaure la confianza en las instituciones básicas del Estado porque si no lo que viene es más fragmentación, más descrédito, más sensación de que esto no funciona. Y cuando un sistema se fragmenta, otros ocupan el espacio… populismos de todo signo, descrédito generalizado de la política, oportunismos varios que se alimentan precisamente del descontento. Lo de siempre vaya.

No pretendo comparar literalmente una ocupación medieval con una crisis institucional moderna, sería absurdo equiparar soldados en las murallas con titulares de prensa, pero el patrón de fondo es reconocible: debilidad en el centro del poder, presión desde múltiples frentes, y necesidad urgente de recomposición antes de que todo se vaya al traste. Zaragoza sobrevivió a aquella ocupación porque el reino encontró una salida política, no militar. Ramiro II no recuperó la ciudad con un ejército más grande, sino con inteligencia y pactos.

Nosotros también podemos salir de esta, pero hace falta algo más que discursos grandilocuentes, tweets bravucones y sesiones parlamentarias convertidas en rings de boxeo. Hace falta ponerse de acuerdo en lo básico y es que las instituciones deben funcionar con transparencia, que la justicia no puede politizarse y que la responsabilidad política existe y tiene consecuencias. Parece elemental, pero aquí seguimos esperando.

Porque al final, la historia no nos enseña que todo vaya a salir bien por arte de magia. Nos enseña que si no haces nada, si te quedas paralizado o te dedicas únicamente a culpar al otro, alguien más tomará las decisiones por ti, y normalmente no te va a gustar el resultado. Zaragoza lo aprendió en 1134, casi novecientos años después, y la lección sigue vigente.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *