El último humo que nos para
Hay dos humos en el centro estas semanas. Uno sale de los tubos de escape de los coches atrapados en el tráfico de las ocho y media de la mañana, denso, gris, con ese olor ácido a gasolina quemada y prisas. El otro sale de las casetas de castañas, dulce, cálido, con ese aroma a leña y azúcar tostado que te devuelve por un segundo a la infancia. Entre medias nosotros, corriendo con el móvil en la mano y la mirada clavada en la pantalla, intentando llegar a tiempo a un sitio al que no queremos ir.
Bienvenidos a la vuelta a la realidad. El macropuente ha terminado, los turistas se han ido y Zaragoza ha vuelto a ser lo que es: una ciudad de gente con prisas que cruza semáforos sin mirar, que sube al autobús empujando, que camina por la calle como si el mundo fuera un videojuego de obstáculos. Y en medio de todo eso ahí siguen ellas, las castañeras, las últimas trincheras de la resistencia analógica, recordándonos que el invierno solía ser otra cosa.
Porque las castañas no tienen prisa. Se tuestan despacio, se venden despacio y se comen despacio. No puedes llevártelas en un packaging decorado, ni pedirlas por Glovo ni comértelas mientras trabajas. Las castañas te obligan a parar, a calentarte las manos con el cucurucho de papel, a soplar antes de morder, a charlar con la mujer que te las vende como si tuvieras tiempo de sobra. En una ciudad que corre mirando pantallas, las castañas son un acto de rebeldía.
El invierno solía ser lento. No hace tanto, diciembre era el mes de recogerse, de caminar más despacio porque hacía frío, de pararse en las esquinas a charlar sin que nadie te mirara mal por quedarte quieto. Pero ahora diciembre es el mes del sprint final, de cerrar el año a toda velocidad, de correr entre obligaciones como si el calendario fuera un enemigo al que hay que vencer antes de Nochebuena. Y las castañeras siguen ahí, vendiendo su producto como si nada hubiera cambiado, como si todavía tuviéramos derecho a parar.
Hay algo profundamente subversivo en comprar castañas en plena hora punta. Es plantarte en mitad de la acera, mientras la gente te rodea con caras de pocos amigos y decidir que durante cinco minutos el mundo puede esperar. Las castañeras son las últimas guardianas de ese tiempo perdido. Mujeres que se levantan en la madrugada para encender el fuego, que pasan el día de pie en una caseta de madera, que no tienen app ni redes sociales ni estrategia de marketing, solo el humo que sube hacia el cielo y la confianza de que alguien se va a parar. Y la gente se para, aunque vaya tarde, aunque esté helada, aunque tenga mil cosas que hacer. Porque el olor a castañas es más fuerte que la prisa.
Cada vez son menos. Las casetas van desapareciendo sustituidas por franquicias de café para llevar, por puestos de comida rápida, por negocios que entienden que el tiempo es dinero y que nadie puede permitirse el lujo de estar quieto. Y con ellas se va algo más que un producto de temporada, se va la última excusa para detenerse, para compartir un momento sin pantalla, para recordar que el invierno puede ser otra cosa que un obstáculo entre la oficina y casa.
Así que esta semana, cuando pases por el centro con el abrigo subido y el gesto torcido, cuando el olor a tubo de escape se mezcle con el olor a castañas, párate. Aunque vayas tarde, aunque te miren mal, aunque tengas la agenda a reventar. Cómprate un cucurucho, quémate los dedos, sopla antes de morder. Date permiso para ser lento durante cinco minutos en una ciudad que corre sin saber hacia dónde.
Porque las castañeras no estarán aquí para siempre. Y cuando desaparezcan, solo nos quedará el humo del tráfico y la pregunta de por qué dejamos morir las últimas cosas que nos obligaban a vivir despacio.






