Cuando celebrar la Navidad era un crimen

Imagina recibir una multa por cerrar tu tienda el 25 de diciembre, ser arrestado por colgar acebo en tu puerta o que soldados pudieran realizar inspecciones para impedir celebraciones y en algunos casos confiscar la comida preparada para estas fechas. Suena a distopía, pero esto ocurrió realmente en la Inglaterra del siglo XVII y en las colonias americanas, donde en Inglaterra la prohibición duró 13 años y en Massachusetts se extendió durante 22. En ambos casos, celebrar la Navidad podía conllevar sanciones que iban desde multas considerables hasta el arresto.

La historia comienza en plena Guerra Civil Inglesa, cuando en 1642 el rey Carlos I y el Parlamento, dominado por puritanos, se enfrentaban en un conflicto que dividiría Inglaterra de forma dramática. Para 1645, los parlamentarios habían ganado la ventaja militar y ahora controlaban gran parte del país, lo que les permitió imponer sus valores religiosos más estrictos sobre una población que no siempre estaba dispuesta a aceptarlos. En enero de ese año, el Parlamento publicó un nuevo Directorio de Adoración Pública que dejaba muy claro que los días festivos, incluida la Navidad, no debían celebrarse con alegría sino pasarse en contemplación respetuosa y ayuno. El golpe definitivo llegó en junio de 1647, cuando el Parlamento prohibió oficialmente todas las celebraciones navideñas junto con la Pascua y Pentecostés, convirtiendo en delito lo que durante siglos había sido motivo de celebración comunitaria.

Los puritanos tenían razones teológicas muy específicas para justificar su guerra contra la Navidad, empezando por argumentar que no existía ninguna base bíblica sólida para celebrar el nacimiento de Cristo precisamente el 25 de diciembre. El ministro puritano Increase Mather escribió décadas después, en 1687, que los primeros cristianos eligieron esa fecha no porque Cristo naciera entonces, sino porque querían que las fiestas paganas de las Saturnales romanas se transformaran en celebraciones cristianas, lo que para los puritanos convertía toda la festividad en una corrupción inaceptable. Además, consideraban que las festividades se habían vuelto excesivamente paganas y pecaminosas, demasiado asociadas con el catolicismo en una época en que los católicos eran vistos con profunda sospecha o directamente odiados y perseguidos. Les molestaba profundamente la borrachera generalizada, el despilfarro de recursos y el comportamiento inmoral que acompañaban las fiestas, aspectos que consideraban incompatibles con la vida cristiana verdadera.

Una tradición particularmente problemática para ellos era el wassailing, donde grupos de personas pobres iban de puerta en puerta a casas de ricos exigiendo comida y bebida. En ocasiones esa tensión social podía derivar en disturbios violentos cuando se les negaba la entrada, el alcohol convertía estos encuentros en amenazas directas al orden social que los puritanos tanto valoraban y querían proteger a toda costa.

Motín de Canterbury

La prohibición desató revueltas inmediatas que demostraron lo profundamente arraigada que estaba la tradición navideña en el pueblo. El día de Navidad de 1647 estalló un motín memorable en Canterbury cuando el alcalde William Bridge ordenó que todas las tiendas permanecieran abiertas para el mercado habitual, aunque solo una docena de comerciantes habían cumplido la orden mientras el resto desafiaba abiertamente la autoridad. Cuando Bridge intentó arrestar a un comerciante por cerrar su tienda para celebrar la Navidad, la multitud enfureció de tal manera que lo que siguió fue completamente caótico. Una turba jugó al fútbol por las calles de Canterbury sin reglas ni límites, chocando contra casas y negocios en un acto de rebeldía que mezclaba la celebración con la protesta. Atacaron al alcalde y a otros funcionarios, saquearon tiendas que permanecían abiertas y tomaron control de algunos puntos estratégicos de la ciudad, mientras su acto menos violento pero quizás más simbólico fue colgar acebo por toda la ciudad en un desafío visible a la autoridad puritana. En Londres, mientras tanto, los soldados patrullaban las calles confiscando por la fuerza cualquier comida que se cocinara para una celebración navideña, y las decoraciones tradicionales como el acebo y la hiedra fueron prohibidas mientras que cantar villancicos se convirtió en un acto ilegal que podía resultar en arresto.

A pesar de la represión, la gente se resistía de múltiples formas, tanto abiertas como clandestinas. En 1652, el Parlamento tuvo que reforzar la prohibición con nuevas leyes que imponían multas más severas por organizar o asistir a servicios navideños, mientras ordenaban explícitamente que todas las tiendas permanecieran abiertas el día de Navidad como si fuera un día cualquiera. El hecho de que tuvieran que seguir emitiendo proclamas y endureciendo las penas durante toda la década de 1650 demuestra claramente que muchos ciudadanos simplemente ignoraban la prohibición y celebraban en secreto.

En 1659, la Colonia de la Bahía de Massachusetts promulgó una ley estableciendo que cualquiera que celebrara la Navidad dejando de trabajar, festejando o de cualquier otra manera, pagaría una multa de cinco chelines, cantidad que equivale a unos 50 dólares actuales y representaba una suma muy considerable para la época. La prohibición permaneció vigente durante 22 largos años hasta 1681, cuando finalmente la presión desde Inglaterra forzó su derogación oficial, aunque el daño cultural ya estaba profundamente arraigado. Incluso después de ser legal nuevamente, la Navidad siguió siendo tratada como un día laborable común en Nueva Inglaterra durante varias generaciones más, tanto que Edward Everett Hale recordó en 1889 que cuando era estudiante siempre iba a la escuela el día de Navidad y creía firmemente que todos los demás chicos del pueblo también lo hacían sin cuestionarlo.

La muerte de Oliver Cromwell en 1658 puso fin al experimento republicano de Inglaterra, y el Parlamento pronto invitó al hijo de Carlos I a regresar del exilio para gobernar como rey en 1660, restaurando así la monarquía y con ella muchas de las tradiciones que los puritanos habían intentado erradicar. Con Carlos II volvieron no solo los teatros y la cultura cortesana, sino también, por supuesto, la Navidad con todas sus tradiciones populares: el acebo regresó a decorar las iglesias, los banquetes volvieron a las mesas familiares, y los bailes y juegos tradicionales regresaron a las calles y plazas. En Estados Unidos, sin embargo, el camino fue más lento, ya que la Navidad no se convirtió en festivo federal hasta 1870, y Massachusetts no la reconoció oficialmente como festivo hasta 1856, más de 200 años después de la llegada de los primeros peregrinos que habían huido de Inglaterra buscando libertad religiosa.

Esta historia revela algo profundo y duradero sobre los conflictos culturales que persisten hasta nuestros días. Curiosamente, ambos bandos históricos tenían razón en algo que merece reflexión: los puritanos señalaban correctamente la influencia de antiguas festividades paganas en las tradiciones navideñas, algo que los estudios históricos modernos discuten pero generalmente consideran plausible, ya que muchos historiadores creen que la elección del 25 de diciembre pudo haber coincidido deliberadamente con festividades romanas de invierno, aunque no existe un consenso histórico absoluto sobre este punto. Pero sus oponentes también tenían toda la razón al defender el valor incalculable de la comunidad, la generosidad entre vecinos y la alegría compartida que la Navidad representaba para la gente común, independientemente de cuál fuera su origen histórico o religioso.

Quizás la lección más valiosa que podemos extraer de esta página de la historia es que las festividades, sean religiosas o seculares, pertenecen en última instancia a la gente común y no a los legisladores o autoridades religiosas que intentan controlarlas desde arriba. Y que cualquier intento de eliminar la alegría humana, la celebración comunitaria y las tradiciones arraigadas mediante decreto gubernamental está inevitablemente, como descubrieron los puritanos después de décadas de intentarlo, condenado al fracaso más absoluto.

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