La teoría del urinario o cuando el mundo se volvió dadaísta y la lógica saltó por lo alto

Este 5 de febrero se cumplen 110 años de una de las coincidencia astrales más
fascinantes de la cultura europea. En 1916, Zúrich era una extraña balsa de aceite en
medio de un continente en llamas. Mientras las potencias imperiales trituraban a una
generación entera en el barro de Verdún y el Somme con una eficiencia industrial, en el
número 1 de la calle Spiegelgasse se inauguraba un local minúsculo y ruidoso llamado
Cabaret Voltaire.

Aquella calleja suiza era, literalmente, la sala de espera del siglo XX. La casualidad
histórica quiso que, en un radio de apenas cien metros, convivieran tres vecinos
destinados a dinamitar el mundo antiguo. En el número 14 vivía un exiliado ruso, Vladimir
Ilich Ulianov (Lenin), jugando al ajedrez y preparándose para destruir el orden político;
cerca paseaba el irlandés James Joyce, que estaba destruyendo la novela decimonónica
con su Ulises; y en el Cabaret, poetas como Hugo Ball y Tristan Tzara decidieron asesinar
algo más abstracto: la lógica.

El local en sí era una miseria siendo honestos, apenas diez metros cuadrados en la
trastienda de una lechería, con capacidad para entre 35 y 50 personas apretujadas entre
mesas. Hugo Ball y Emmy Hennings, la pareja que lo fundó, llegaron a Zúrich sin un
franco. Ball buscaba trabajo de camarero cuando Emmy le animó a abrir el cabaret con
sus últimos ahorros. El 5 de febrero de 1916, Ball todavía estaba clavando carteles en las
paredes cuando aparecieron varios artistas con portafolios bajo el brazo: Marcel Janco,
Tristan Tzara, y otros cuyo nombre Ball apenas retuvo. Decoraron aquella cueva con
copias de Kandinsky, Léger, Matisse, Klee y bocetos de Picasso. Seis meses después, en
julio de 1916, el cabaret cerró. Pero en ese medio año sacudieron los cimientos de la
cultura occidental.

Así nació el Dadaísmo. Su premisa intelectual era devastadora: si el mundo “racional”, la
“alta cultura” y la ciencia de la Ilustración habían conducido a la carnicería de la Gran
Guerra, entonces la razón era culpable. La única respuesta honesta ante el horror era el
absurdo. El 23 de junio de 1916, Ball subió al escenario vestido con un traje de cartón
rígido azul y plata, como un “obispo mágico”, y recitó su poema fonético: “Gadji beri bimba
glandridi laula lonni cadori…”. No eran palabras. Era el intento de purgar el lenguaje de la
propaganda bélica, del nacionalismo, de la retórica que había enviado a millones de
jóvenes al matadero. Mientras Lenin, en el número 14 de la misma calle, escribía en la
Biblioteca Central su tratado sobre el imperialismo, y Joyce redactaba los primeros
episodios del Ulises, los dadaístas buscaban destruir el lenguaje mismo.
Lo inquietante de este aniversario no es mirar atrás, sino mirar alrededor. Porque si Hugo
Ball o Marcel Duchamp levantaran la cabeza en 2026, no sentirían extrañeza. Sentirían
que su obra ha triunfado. El mundo ha dejado de ser cartesiano para volverse puramente
dadaísta.

Durante el siglo XX pareció que ganaba el vecino del número 14 (Lenin, la ideología
rígida, la planificación). Pero en el siglo XXI, quien ha ganado es el vecino del Cabaret.
Vivimos el triunfo absoluto del absurdo como categoría política.

La gran provocación del dadaísmo fue cuando Marcel Duchamp cogió un urinario de
porcelana, lo firmó, lo metió en un museo y lo llamó “La Fuente”. Duchamp demostró que
el contexto importa más que el contenido; que si la autoridad dice que un urinario es arte,
lo es. ¿No es acaso esa la definición exacta de la política contemporánea? Hemos llenado
los ministerios y los escaños de personajes sin mérito ni obra, validados únicamente por
la firma del líder de turno y colocados en la peana del poder.

Analicen la actualidad con los ojos de 1916. Los discursos ya no buscan el logos
(sentido), sino el ruido. La contradicción ya no penaliza; se celebra como una
performance. Cuando la política internacional se decide a golpe de meme, o cuando
legislamos basándonos en sentimientos fluidos y no en realidades materiales, estamos
completando la obra que Tzara dejó a medias. Estamos rompiendo la relación entre la
palabra y la realidad.

La diferencia trágica es que los dadaístas originales eran bufones conscientes. Rompieron
la baraja por desesperación moral, para no ser cómplices de la guerra. Su nihilismo era
una forma de autodefensa. Sabían que estaban destruyendo algo. Hoy, sin embargo, el
absurdo se ha institucionalizado. Nuestros dirigentes actúan como artistas del Cabaret
Voltaire, recitando incoherencias y poniéndose máscaras, pero con la terrible convicción
de que están salvando el mundo. Y ni siquiera se dan cuenta.

Hace 110 años, el Dadaísmo fue un grito de libertad contra un sistema esclerosado. Hoy,
el sistema es el Dadaísmo. Quizás sea hora de dejar de reírle la gracia al urinario, cerrar
el cabaret y volver a abrir los libros de lógica de aquel vecino irlandés o los de ajedrez del
vecino ruso. Porque la historia enseña que, cuando la razón duerme, los monstruos no
solo nacen: acaban gobernando.

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