Aragón merece más
La llegada de Microsoft con tres centros de datos y una inversión anunciada de más de 5.300 millones ha desatado una euforia institucional que, sinceramente, me cuesta compartir. No es que el proyecto carezca de relevancia… de hecho, es enorme, transformador y lleno de implicaciones. El problema es que sospecho que vuelve a repetirse un patrón que ya hemos visto demasiadas veces: se tiende a confundir el tamaño con el beneficio, y el volumen económico con un progreso real y equilibrado para Aragón.
Los 106 millones destinados a urbanizar los terrenos, con nuevas calles, viales, zonas verdes e infraestructuras de servicio se presentan como un gesto de compromiso con el territorio, sin embargo, al final no dejan de ser la condición mínima para ocupar más de 280 hectáreas. Me preocupa que se venda como un regalo algo que cualquier empresa responsable debería asumir como parte de su implantación. Que construyan accesos y servicios parece lógico, que eso se interprete como un acto casi filantrópico es, como mínimo, ingenuo.
Lo que realmente debería centrar el debate es la experiencia previa que ya tenemos en Aragón con otros gigantes tecnológicos. Ahí está el caso de Amazon: tres centros de datos operativos, decenas de hectáreas ocupadas, una infraestructura eléctrica reforzada a medida y, pese a todo ello, apenas cien empleos directos. Ese dato se repite casi en voz baja mientras los discursos oficiales celebran futuro, modernidad y oportunidades. Pero la realidad es cabezona, los centros de datos no generan empleo significativo. Son instalaciones dominadas por automatización y vigilancia, supervisadas por un número reducido de personas y gestionadas por profesionales que con frecuencia trabajan, y tributan, lejos de aquí.
A este desequilibrio se suma un aspecto del que casi no se habla, el enorme consumo energético. Cada puesto de trabajo asociado a un centro de datos está respaldado por un gasto eléctrico desproporcionado, muy superior al de cualquier industria tradicional. Que una instalación pueda consumir como una ciudad mediana para sostener un puñado de empleos debería invitarnos a debatir a fondo el modelo, no a aceptarlo sin matices. ¿Estamos preparados para asumir esa carga? ¿Seremos capaces de evitar que afecte a otras actividades productivas que sí crean empleo local y estable?
Lo realmente inquietante es la facilidad con la que Aragón parece dispuesto a entregar prioridad energética, suelo estratégico y condiciones ventajosas a empresas cuyo impacto social es mínimo. Cuando una multinacional obtiene trato preferente, el equilibrio del territorio se debilita. La alfombra roja que hoy extendemos puede convertirse mañana en una barrera para industrias que sí forman parte de nuestro tejido económico.
No se trata de rechazar la inversión tecnológica ni de renunciar a que Aragón sea un referente digital, se trata de exigir sentido común. Es necesario que las administraciones dejen de actuar como promotora pública de las grandes tecnológicas y empiecen a poner por delante los intereses de la gente que vive aquí. Un proyecto de esta escala debería servir para fortalecer el tejido local, desarrollar competencias propias, atraer talento, generar colaboración con universidades y empresas aragonesas. Nada de eso ocurrirá por inercia por desgracia, no basta con instalar servidores, hace falta construir un ecosistema.
El verdadero reto consiste en evitar que Aragón se convierta en un nodo barato donde se aloja infraestructura mientras la creación de valor ocurre lejos de aquí. No podemos conformarnos con ser el lugar donde se ponen las máquinas; debemos aspirar a ser el lugar donde se decide, se innova y se genera riqueza.Quizá ha llegado el momento de preguntarnos qué tipo de progreso queremos. La modernidad no se mide en megavatios consumidos ni en hectáreas urbanizadas, sino en la capacidad de un territorio para fijar condiciones, exigir retornos reales y defender su propio futuro. Aragón no debería contentarse con ser anfitrión, debería aspirar a ser protagonista, su sociedad lo merece.






