853 razones para no olvidar
Cada 11 de diciembre, Zaragoza se detiene frente al Parque de la Esperanza. Allí, donde antes se alzaba la Casa Cuartel de la Guardia Civil, un coche bomba cargado con 250 kilos de amonal destrozó vidas, familias y la inocencia de una ciudad que creía estar a salvo del horror terrorista. Ahora, las esculturas de unos niños jugando recuerdan a las víctimas más jóvenes de aquella masacre perpetrada por ETA en 1987, que segó once vidas (seis de ellas menores) y dejó 88 heridos.
Aquel viernes sobre las seis de la mañana, varios miembros del Comando Argala de ETA estacionaron el coche bomba junto a la casa cuartel donde vivían 40 familias de guardias civiles. Cuando el guardia de servicio se dirigió hacia el vehículo, los terroristas huyeron. Apenas dio tiempo a dar la voz de alarma antes de que la explosión derrumbara parte del edificio y acabara con la vida de tres guardias civiles y ocho de sus familiares, entre ellos cinco niñas que dormían sin imaginar que la maldad humana podía alcanzar semejante abismo de crueldad.
La historia del atentado de Zaragoza es la historia de 853 asesinatos cometidos por ETA a lo largo de décadas. Es también la historia de más de 2600 heridos, 86 secuestrados y centenares de amenazados y exiliados que tuvieron que abandonar sus vidas porque defender la democracia en el País Vasco o Navarra significaba jugarse la vida. Y es, además, la historia de 376 crímenes que siguen sin resolver porque los asesinos nunca confesaron y la omertá del entorno terrorista protegió a quienes ahora pretenden presentarse como víctimas o luchadores por la libertad cuando en realidad eran verdugos que sembraron el terror.
La alcaldesa de Zaragoza, Natalia Chueca, lo expresó con claridad en el 37 aniversario al afirmar que hay que recordar, especialmente a las nuevas generaciones, que ETA era una banda de asesinos cobardes que destruían familias. La memoria democrática verdadera no es la que blanquea a los terroristas ni equipara víctimas con verdugos, sino la que honra a quienes murieron defendiendo la libertad y exige justicia para los supervivientes.
El problema es que mientras Aragón no olvida, en el escenario político nacional asistimos a un proceso de normalización de Bildu que resulta asqueroso para quienes sufrieron el terrorismo. Este blanqueamiento institucional ha llevado al presidente del Gobierno a fotografiarse sonriente con los portavoces de una formación que nunca ha condenado expresamente los crímenes de ETA, que nunca ha pedido perdón a las víctimas, que sigue celebrando ongi etorris para recibir a terroristas excarcelados como si fueran héroes, y que mantiene en sus filas a dirigentes vinculados al entramado terrorista.
La pregunta que Aragón se hace cada 11 de diciembre es hasta dónde va a llegar este blanqueamiento. Hasta cuándo vamos a permitir que quienes justificaron el asesinato se erijan en guardianes de los valores democráticos. Hasta cuándo vamos a tolerar que se diluya lo que significó ETA y el precio que pagaron miles de familias por defender el derecho a vivir en libertad.
La verdadera memoria democrática no puede construirse sobre el olvido ni sobre la equidistancia moral entre víctimas y verdugos. No puede edificarse blanqueando a quienes nunca han mostrado arrepentimiento sincero ni han colaborado con la justicia para esclarecer los 376 crímenes sin resolver, ni sobre la normalización de formaciones que mantienen vivo el relato del victimismo abertzale mientras ningunean el sufrimiento real de quienes perdieron a sus seres queridos.
Educar a las nuevas generaciones en quiénes fueron los asesinos y quiénes los demócratas es un deber moral ineludible. Si permitimos que se reescriba la historia, si dejamos que se presente a los terroristas como luchadores por la libertad cuando durante décadas la izquierda abertzale amparó el aparato de terror de ETA, estaremos traicionando la memoria de las 853 víctimas mortales y de los miles de heridos, amenazados y exiliados que pagaron el precio de defender la democracia.
La presidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo en Aragón, que sobrevivió al atentado cuando tenía 10 años, sigue esperando a que Josu Ternera, autor intelectual del atentado, se siente en el banquillo. Esta espera simboliza la impunidad de la que aún gozan algunos dirigentes etarras.
Zaragoza demostró hace 37 años que la democracia española era más fuerte que el terror. Pero esa victoria no puede completarse si ahora permitimos que se blanquee políticamente a sus herederos o si renunciamos a exigir verdad, justicia y dignidad para quienes lo perdieron todo a manos de ETA.
La memoria no se negocia, no se vende por votos en el Congreso ni se sacrifica en el altar de la gobernabilidad. Cuando una democracia renuncia a honrar a sus mártires, está cavando su propia tumba moral y enviando el mensaje de que el terror, si espera lo suficiente, acabará consiguiendo la legitimación política que las armas no le dieron.
Aragón lo tiene claro y cada 11 de diciembre lo repite frente al Parque de la Esperanza: ni olvido ni perdón para quienes no han pedido perdón, ni blanqueamiento político para quienes no han condenado el terror, ni equiparación moral entre las víctimas inocentes y sus verdugos. La memoria de los once asesinados en Zaragoza es un patrimonio ético que no está en venta y que ninguna generación tiene derecho a traicionar porque es el fundamento mismo de nuestra democracia y la garantía de que el horror nunca volverá a repetirse.






