El vacío que deja Domingo Buesa en Aragón
Hay una luz muy concreta que cae sobre Zaragoza a media mañana de septiembre cuando el verano parece irse pero el otoño todavía no se atreve del todo. Era una luz que parecía hecha a la medida de hombres como Domingo Buesa, que se pasaron la vida buscando esa misma claridad entre techumbres mudéjares, retablos góticos y archivos que otros habían dado por perdidos. Estos días esa luz se siente distinta sobre la ciudad, más pálida y casi de prestado, mientras Zaragoza le despide. Domingo Buesa Conde nació en Sabiñánigo un día de Navidad, hace 73 años, con esa tenacidad serena que da la montaña. Se doctoró en Historia por la Universidad de Zaragoza y dedicó más de medio siglo a explicarnos, piedra a piedra, de dónde venimos. Se ha apagado una de las voces que mejor sabían hacerlo.
No fuimos amigos de toda la vida ni compartimos mesa cada semana, y aun así puedo decir que cada conversación con él me dejó algo. Hablábamos de política a veces, de patrimonio casi siempre. Tenía esa manera de escuchar antes de hablar que solo tienen los que de verdad saben mucho y no necesitan demostrarlo. Nunca le vi presumir de nada, ni de sus libros ni de sus cargos ni de todo lo que había hecho por esta tierra, que era muchísimo. Se limitaba a compartir lo que sabía, con una generosidad que a mí, que también intento hablar sobre Aragón siempre que puedo, me parecía casi un regalo inmerecido.
No fue casualidad que el primer artículo largo que publiqué en Aragón Digital fuera sobre el Alma Mater Museum y naciera de aquellas charlas. Era, sin decírselo del todo, mi pequeño agradecimiento hacia él. Ese museo ocupa el antiguo palacio arzobispal y fue, antes de cambiar de nombre, el Museo Diocesano de Zaragoza cuya dirección científica estuvo vinculada durante años a su trabajo. En nuestra última conversación compartimos hipótesis y fascinación por las techumbres mudéjares y por Cósida. De ahí saltamos casi sin darnos cuenta a su último libro, La muerte del inquisidor, del que hablaba con el mismo entusiasmo con el que hablaba de todo lo demás, como si acabara de descubrirlo él también. Acabamos la conversación con la promesa de seguir hablando de ello con calma. Esa calma ya no llegará, y esa es la parte que más me pesa de todo esto.
Podría enumerar aquí su trayectoria, los cargos que ocupó, los libros que escribió y los premios que recibió. Sería justo hacerlo, porque fue mucho y bien hecho. Prefiero quedarme con lo que a mí me tocó de cerca, que es esa forma suya de amar Aragón sin necesidad de gritarlo. Cuando hablaba de La Seo de Zaragoza se le cambiaba la voz, ahí uno entendía enseguida que aquello no era trabajo para él, era devoción pura. Cuando alguien le preguntaba por qué se había metido en política, sonreía con una resignación tranquila, como quien sabe que los inquietos siempre acaban chocando con algo, antes de volver a hablar de historia, que era lo suyo de verdad. Esa devoción no desapareció cuando dejó los cargos. Siguió dando clases y conferencias en los Cursos de Verano de Jaca, la ciudad que le nombró hijo adoptivo, como si enseñar no fuera una obligación para él, solo una manera de seguir respirando.
Escribió también novela en los últimos años. Ahí encontró otra manera de contar lo mismo que llevaba contando toda la vida, solo que con más libertad. En la portada de La muerte del inquisidor hay un bosque oscuro, un camino que se pierde hacia una luz blanca y, en primer plano, un gato negro que parece haberse detenido para mirar al que se acerca. He tenido esa portada delante mientras escribía esto y no he podido dejar de pensar en ella. Me fijaba en ese camino que continúa, en esa luz al fondo y en ese felino quieto, como si supiera que alguien tiene que seguir avanzando. Durante 73 años, Domingo hizo precisamente eso. Caminó hacia esa luz entre documentos, iglesias, cuadros, piedras y libros, y después se volvió para enseñarnos lo que había encontrado. El camino sigue ahí.
Sin grandilocuencias, porque nunca fueron lo suyo, solo me queda darle las gracias. Gracias por enseñarnos a mirar Aragón y por explicarnos quiénes somos sin hacernos sentir nunca pequeños por no saberlo antes. Ha caminado mucho, don Domingo. Que la tierra le sea leve y ojalá nos espere al otro lado para seguir hablando de nuestro patrimonio. Descanse.






