Charlatanes de oficio

El 4 de enero de 1920, ciego, casi arruinado y comido por la arteriosclerosis, moría en Madrid Benito Pérez Galdós. Madrid se echó a la calle para despedirlo: unas 30.000 almas colapsaron el centro de Madrid tras su féretro. Fue un día triste, pero también revelador. España enterraba a su mayor cronista con los honores que a menudo le regateó en vida. Fue un gran momento de consenso en un país que ya se rompía; el pueblo y las instituciones coincidieron, por una vez, en llorar a quien mejor nos había entendido.  El hombre que había radiografiado el país con precisión quirúrgica se iba dejando 46 Episodios Nacionales que nadie en el poder se había molestado en leer de verdad. Si lo hubieran hecho, quizá nos habríamos ahorrado un siglo de tropezar con las mismas piedras.

Cuando, 106 años después, celebramos su aniversario con la pompa cultural de rigor, conviene preguntarse qué vería don Benito en la España de 2026. La respuesta es incómoda: vería a sus personajes caminando por La Moncloa, pero esta vez con traje de Hugo Boss y cuenta de Twitter. Galdós construyó un espejo despiadado de lo que somos. Retrató a políticos que confundían gobernar con permanecer, una España donde la forma aplastaba el fondo y donde las palabras grandilocuentes ocultaban la nada absoluta. Suena familiar. El canario sabía que España padecía una enfermedad crónica: la retórica como narcótico. En sus novelas desfilan oradores que hipnotizan mientras el país se desangra; tipos que dominan el arte de prometer sin comprometerse y de inaugurar lo que nunca se construirá. Galdós describía a esta casta como vividores de la palabra; nosotros los llamamos Gobierno.

Pedro Sánchez es, a su pesar, un personaje galdosiano de manual. Un político cuyo talento no es la gestión, sino la resistencia; un estratega que ha convertido la política en puro relato. En Fortunata y Jacinta, el escritor describía con maestría a esos hombres con don de gentes capaces de traicionar con una sonrisa. No imaginaba que un siglo después llegaríamos a profesionalizarlo bajo el nombre de «cambio de opinión». Lo más galdosiano del sanchismo no es la mentira, sino el envoltorio. «Justicia social», «fango», «máquina del fango», «regeneración». Galdós calificaba este tipo de lenguaje como estilo «campanudo«: sonoro por fuera, hueco por dentro. Hoy lo llamamos comunicación institucional.

El retrato de una sociedad

El novelista dibujó una España cainita, incapaz de dialogar, donde cada facción prefería la ruina compartida antes que ceder un milímetro. Sánchez ha perfeccionado ese arte: no busca consensos, busca victorias; no construye puentes, cava trincheras. Cada ley es un ariete contra el adversario. Galdós ya alertó en sus textos sobre la tragedia de las «dos Españas» irreconciliables. Pero lo más doloroso de releer a Galdós hoy, no es reconocer a Sánchez en sus páginas, es reconocernos a nosotros. Don Benito no solo retrató a líderes mediocres, sino a la sociedad que los aupaba, una España que prefiere el consuelo de la mentira bonita a la incomodidad de la verdad fea.

Galdós lamentaba a menudo nuestra tendencia a hablar mucho y hacer poco. Siglo y medio después, se anuncian reformas en el país que nunca verán la luz y se promete vivienda mientras los jóvenes emigran. Y muchos, como extras de una de sus novelas, siguen aplaudiendo el discurso en lugar de mirar los hechos y la hemeroteca. A Galdós lo despidieron en su entierro como a un héroe, aunque en vida sufriera la ingratitud oficial. Hoy hacemos lo mismo: lo citamos en actos culturales, llenamos las redes de sus frases —muchas veces inventadas— y lo convertimos en efeméride vacía. Aplicar a Galdós de verdad significaría mirarnos sin filtros. Exigir resultados en lugar de relatos. Obras en lugar de adjetivos. Dejar de confundir el discurso brillante con la gestión competente. Ahora, 106 años después, el problema no es que no lo hayamos leído. Es que lo leímos y decidimos no aprender nada.

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