El Día de los Tercios, la gesta que España no celebra y Europa no olvidó

El 31 de enero no figura en el calendario de festividades oficiales. No lo verán en los telediarios públicos ni habrá declaración institucional del Ministerio de Cultura. Sin embargo, cada año, miles de españoles salen a las redes y a las plazas para celebrar algo que el Estado se empeña en olvidar y que la sociedad civil ha decidido rescatar: el Día de los Tercios.

La elección de la fecha no es un capricho. Conmemora la Batalla de Gembloux (1578), una de esas operaciones que, si llevaran firma británica, tendrían ya su superproducción en Hollywood. Para entender lo que ocurrió aquel día en los Países Bajos hay que bajar al barro de la historia. Las tropas de la Monarquía Hispánica, agotadas y mal pagadas, se enfrentaban a un ejército de los Estados Generales que les superaba numéricamente.

Lo lógico, sobre el papel, era la derrota o el desgaste. Pero al mando estaban dos hombres que hoy no cabrían en los organigramas de la mediocridad política europea: Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto, y su sobrino, Alejandro Farnesio. Fue este último quien protagonizó el instante que cambió la guerra. Viendo que la caballería rebelde maniobraba con torpeza en un camino embarrado, vio el hueco y se lanzó. «Dios está con nosotros», gritó, y cargó con apenas unos cientos de jinetes contra la retaguardia enemiga. El pánico hizo el resto. Lo que siguió no fue una batalla, fue una lección de eficacia militar absoluta. En apenas hora y media, Farnesio cargó con unos cientos de jinetes contra la retaguardia enemiga. El ejército rebelde se desintegró y la victoria devolvió el sur de Flandes a la Corona. Las crónicas hablan de miles de bajas enemigas frente a un número mucho menor entre los españoles, una asimetría que dejó a Europa boquiabierta.

Pero los Tercios no eran solo Gembloux. Eran, ante todo, una maquinaria logística sin precedentes. Aquellos hombres sostuvieron durante décadas el Camino Español: un corredor terrestre de mil kilómetros desde Milán hasta Bruselas por donde desfilaban picas, arcabuces, dinero y víveres, sorteando a franceses y protestantes, cruzando los Alpes y el Rin con una precisión de relojero. Aquello fue la OTAN tres siglos antes de la OTAN. En la España de hoy, recordar que fuimos esa potencia hegemónica es casi un acto de disidencia. Vivimos instalados en una patología nacional única: el autoodio. Mientras los británicos glorifican sus derrotas (ahí tienen Dunkerque, una huida vendida como victoria moral) y los franceses chauvinean hasta el absurdo, nosotros escondemos a nuestros gigantes bajo la alfombra de la Leyenda Negra.

Representación de los Tercios españoles, por José Ferre-Clauzel.

Representación de los Tercios españoles, por José Ferre-Clauzel.

Y aquí viene el insulto a la inteligencia: mientras Reino Unido celebra Waterloo, esa carnicería de 50.000 muertos que apenas frenó a Napoleón, con desfiles militares, monumentos y hasta estaciones de tren, España pide perdón por Gembloux. Los británicos convirtieron una batalla sangrienta en símbolo imperial; nosotros convertimos nuestras gestas en motivo de disculpa. ¿Alguien ha oído a un francés pedir perdón por Napoleón, responsable de millones de muertos? ¿A un británico disculparse por las hambrunas en la India o el saqueo de África? No. Ellos tienen orgullo nacional, nosotros tenemos complejos ministeriales.

Hemos comprado el relato del enemigo. Nos han convencido de que aquellos soldados eran carniceros fanáticos y no la infantería más moderna, técnica y leal que pisó Europa durante 150 años. Por eso, el fenómeno de este 31 de enero es tan subversivo. La Asociación 31 Enero Tercios conformada por historiadores, recreadores y ciudadanos hartos del complejo nacional, organiza campamentos, exhibiciones y desfiles. Mientras tanto, el Ministerio de Cultura sigue a lo suyo: perpetuar la memoria histórica selectiva que nos avergüenza de lo que fuimos.

Reivindicar a los Tercios hoy es poner un espejo incómodo frente a nuestra realidad. Aquellos hombres, que a menudo cobraban con años de retraso y vestían harapos, se regían por códigos de honor que hoy sonarían a ciencia ficción. Calderón de la Barca, que fue soldado de los Tercios, escribió: «El honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios». Compárese ese espíritu con la mediocridad política actual.

Quizás por eso el poder prefiere ignorar esta fecha. Porque recordar la iniciativa de Farnesio o la audacia de Don Juan nos recuerda lo bajo que hemos caído en liderazgo. Porque saber que Cervantes, Lope o Calderón empuñaron la espada antes que la pluma nos recuerda que hubo un tiempo en que las armas y las letras no eran enemigas. Que sigan con su damnatio memoriae. El 31 de enero, sea en la calle o en la memoria, muchos levantarán la copa sin esperar permiso oficial. Porque una nación que se respeta a sí misma no oculta sus victorias. Esta fecha no va de guerra, va de dignidad. Y España, aunque a algunos les pese, empieza a cansarse de agachar la cabeza.

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