No reblar no es no sentir
Este jueves, Zaragoza cumplirá su ritual. Haremos cola en la Plaza del Pilar con el abrigo subido hasta las orejas, nos pelearemos con el cierzo en las esquinas del Coso y comeremos roscón. Celebraremos San Valero, ese obispo del siglo IV del que la tradición dice que era tartamudo, y que necesitó a su diácono Vicente para que hablara por él ante los tribunales romanos. Nos sabemos la anécdota histórica de memoria, pero quizás, en este 2026 frenético, estemos pasando por alto la lección más urgente que nos deja nuestro patrón: la incapacidad de comunicar el dolor.
Zaragoza es una ciudad maravillosa, pero es también una ciudad dura. Y no me refiero solo al clima. Me refiero a nuestro carácter colectivo. Hemos construido una identidad basada en la resistencia, en la nobleza bruta y en la tozudez. Nos enorgullece ser gente que aguanta el cierzo de cara sin pestañear. Llevamos el “no reblar” tatuado en el ADN. Y eso, que nos ha salvado de asedios y nos ha permitido levantarnos una y otra vez sobre nuestras propias ruinas, tiene una cara B peligrosa.
El problema de una ciudad obsesionada con ser fuerte es que olvida que tiene derecho a ser vulnerable.
Miro a mi alrededor, en el autobús, en las oficinas del centro o en los barrios del sur que crecen sin parar, y veo a muchos “Valeros”. Veo a ciudadanos que, como el santo, han perdido la voz. No porque sean mudos, sino porque la ansiedad, la precariedad laboral o la soledad no elegida les han hecho un nudo en la garganta. Zaragoza, como gran urbe que es, empieza a sufrir las patologías del silencio. Vivimos rodeados de gente, pero cada vez nos cuesta más decir “no puedo más”, “estoy triste” o “necesito ayuda”.
Aquí entra en juego nuestra famosa somarda y nuestro carácter reservado. El aragonés, por definición, no quiere molestar. Preferimos tragarnos el problema antes que parecer débiles o “darnos importancia”. Si nos preguntan qué tal, respondemos con un lacónico “tirando”, aunque por dentro estemos rotos. Hemos confundido la dignidad con el aislamiento emocional. Creemos que ser un buen maño es aguantar el chaparrón solo, como si la salud mental fuera un asunto privado que se resuelve apretando los dientes y tirando para adelante.
Y ahí es donde la figura histórica de San Valero se vuelve radicalmente moderna y necesaria. Porque la historia tiene trampa: Valero no sobrevivió solo. Valero sobrevivió porque tuvo a Vicente.
El patrón de Zaragoza no es un ermitaño autosuficiente; es un hombre que reconoció su limitación y aceptó que otro hablara por él. Su “milagro” no fue curarse el habla mágicamente, fue tener la humildad de apoyarse en su comunidad.
Hoy, Zaragoza se enfrenta a retos invisibles que no se solucionan con hormigón ni con nuevas líneas de tranvía. Hablamos de la epidemia de soledad en nuestros mayores que viven en pisos sin ascensor en Torrero o Delicias; hablamos de la ansiedad de los jóvenes que no pueden emanciparse; hablamos del estrés de una ciudad que ha crecido y se ha acelerado, perdiendo parte de esa escala humana de la que presumíamos.
Necesitamos reivindicar un San Valero que no sea solo folclore y azúcar. Necesitamos que este 29 de enero sea el día de reivindicar que pedir ayuda no es de cobardes, sino de valientes. Que ir al psicólogo, que llamar a un amigo para decir “estoy mal”, o que exigir mejores servicios públicos de salud, es lo más sensato que podemos hacer.
Zaragoza tiene que aprender a hablar. Tiene que aprender que el estoicismo tiene un límite y que el “no reblar” no significa “no sentir”. Si nuestro patrón, todo un obispo y santo, necesitó ayuda para enfrentarse a sus miedos y a sus jueces, ¿quiénes somos nosotros para intentar cargar con todo el peso del mundo sobre nuestros hombros?
Este jueves, cuando compartáis el roscón, fijaos en un detalle: el roscón es circular. No tiene principio ni fin, y se come en grupo. Es el símbolo perfecto de la red que necesitamos tejer. Quizá el verdadero homenaje a San Valero no sea aguantar el frío en la plaza con las manos en los bolsillos y la mirada baja, sino acordarnos del que tenemos al lado. Y si nos toca a nosotros ser el mudo ese día, tener el coraje de buscar a nuestro Vicente y dejar que nos ayude.
Rompamos el silencio, Zaragoza. Que el viento se lleve la ansiedad, pero no nuestras palabras.






