Radiquero, donde la noche recuerda
Hay lugares en Aragón donde la historia no solo se respeta, sino que se sigue transmitiendo generación a generación. Rincones donde el pasado no se recuerda como algo lejano, sino que se vive en cada tradición que se mantiene viva. Radiquero, en pleno Somontano bajo la sierra de Guara, es uno de esos lugares. Aquí, la Noche de Ánimas (o Nuei d’Almetas, como se le llama en la redolada) no es una tradición recuperada, es una costumbre viva que nunca se ha ido.
El próximo 1 de noviembre, Radiquero volverá a encender su memoria colectiva con la celebración de la Noche de Ánimas, una jornada que lejos de ser una festa convencional, se vive como un momento de recogimiento y respeto, una jornada en el que el recuerdo de quienes ya no están se convierte en presencia compartida. Esta cita que comenzará a las 16:00 horas mantiene intacto su carácter íntimo y sobrio, alejado de disfraces, sustos o estridencias… porque aquí no se celebra Halloween, sino una tradición que hunde sus raíces en la cultura popular aragonesa.
Lo que sí se anima a traer es una calabaza, ya que durante la tarde se organizan talleres en los que vecinos y visitantes pueden vaciarla y encenderla juntos, recuperando así un gesto que más allá de lo simbólico, se convierte en una forma de estar, de participar y de compartir un momento que tiene sentido. En Radiquero, cada detalle tiene su razón de ser, y el hecho de preparar la calabaza en compañía es parte de lo que hace especial esta jornada, porque no se trata solo de mantener una costumbre, sino de vivirla con quienes la han transmitido generación tras generación.
La Noche de Ánimas de Radiquero fue declarada Fiesta de Interés Turístico de Aragón en mayo de este año, un reconocimiento merecido a una celebración que ha sabido mantenerse viva gracias al esfuerzo y cariño de su gente. Tuve la suerte de vivir esta noche en persona, y puedo decir que es una de esas experiencias que se te quedan dentro. Ya no por lo que ves, sino por lo que sientes… porque aquí las ánimas no son una leyenda lejana, son parte de la vida cotidiana y de la forma de hablar, de las costumbres que aún se conservan en el Alto Aragón.
Dicen que las almetas son almas que no han podido descansar, almas que murieron de forma violenta o dejaron cosas pendientes. ¿Y dónde están? Pues no están ni en el cielo ni en el inferno, están aquí, entre nosotros. No las podemos ver, pero se hacen notar. ¿Cómo? En gestos, en frases que aún se dicen. Por ejemplo cuando dos personas dicen lo mismo a la vez, hay quien todavía susurra “hemos sacado un alma del purgatorio”.
Las almetas según la tradición se comunican con señales. Se dice que se manifiestan moviendo pequeños objetos o haciendo pequeñas marcas en la masa del pan entre otras cosas. Por eso mi abuelo me contó en su día que hacían la señal de la cruz antes de cortar el pan, ¿y por qué? Porque decían que el pan guardaba almas, y si se clavaba un cuchillo en él se corría el riesgo de perturbarlas.
En la Noche de Ánimas todas esas creencias toman forma. Las almetas se representan como figuras blancas que caminan con dos cirios encendidos. Los totones, que también aparecen en la tradición, son sus guardianes llevan solo uno. Se dice que si te cruzas con una procesión de ánimas y te ofrecen sujetar un cirio, no debes aceptarlo… porque quien lo hace, pasa a ocupar su lugar en la comitiva. Por eso, en algunos cementerios hay montones de piedras junto a la entrada. La gente deja una al pasar como símbolo de protección. Es un gesto antiguo y discreto pero lleno de sentido, es una forma de decir “yo respeto, yo no olvido”.
Y si alguna vez se sospecha que una almeta ronda cerca hay un remedio curioso que me contó una persona mayor en su día, aunque no sé si es para todos los públicos. Ese remedio consiste en comer judías cocidas, porque las judías con esa fama que tienen, cuando las comes garantizan que ninguna alma se quede dentro.
La verdad que la procesión de ánimas en este pueblo es uno de los momentos que más impacta. Silenciosa, lenta, iluminada por velas y faroles, recorre el pueblo como si el tempo se detuviera. No hay música estridente ni gritos, solo pasos, susurros y ese escalofrío que te recorre la espalda cuando sientes que algo más grande que tú está pasando. Respeto con emoción, una autenticidad que solo se encuentra en los pueblos que saben cuidar lo suyo.
Los niños participan, claro que sí, pero no se disfrazan. Aquí no hay superhéroes de ahora ni esos monstruos que están de moda. Hay calabazas, hay silencio, hay historias. Los mayores les enseñan que esta noche no es para jugar al miedo, sino para entenderlo y para abrazarlo, para saber que forma parte de la vida. Y eso en Aragón lo sabemos bien porque aquí la tierra habla, y cuando habla hay que escucharla.
Si la memoria es el alma de Radiquero, el alimento es su cuerpo. Aquí la tradición también se sirve en la mesa, desde los quesos artesanos del Somontano que podemos degustar a lo largo del año, hasta el chocolate caliente y la torta que se comparten en la Noche de Ánimas. Porque la cultura se celebra con palabras, con actos y con esos alimentos que reconfortan tanto el cuerpo como el alma.
Podemos decir también que La Noche de Ánimas es una forma de resistencia. Contra el olvido, contra la prisa y contra la uniformidad de ahora. En estos tempos de ahora donde todo se celebra con ruido y masificación, este pueblo elige el recogimiento. Se elige la luz tenue, el fuego lento y la palabra contada. Y lo hace con orgullo, con esa manera de ser que dicen que tenemos los maños. Cabezones, sí, pero fieles a lo nuestro.
Nada de esto sería posible sin la dedicación de la Asociación Cultural O Coronazo que desde aquí felicito y agradezco. No solo organiza esta noche tan especial, llevan años cuidando y manteniendo vivas muchas otras tradiciones de nuestra tierra. Gracias a su trabajo, Radiquero sigue siendo un lugar donde la memoria no se apaga.
Así que si alguna vez te has preguntado qué significa ser de Aragón, ven a Radiquero este 1 de noviembre. No hace falta que seas un experto de la materia, solo hace falta sentir y escuchar. Porque aquí, entre almenas, totones, almetas, calabazas encendidas, historias de abuelas y chocolate con torta se acaba entendiendo lo esencial que mientras haya memoria, hay futuro. Y que en cada vela o cada historia, hay un pedazo de nosotros que nunca se apaga.






