La larga historia de los propósitos de Año Nuevo: surgieron hace cuatro milenios en Babilonia
Cada primero de enero repetimos el mismo ritual con la solemnidad de quien participa en
una ceremonia ancestral. Nos prometemos leer más, ir al gimnasio, aprender un idioma,
como si cruzar una fecha arbitraria del calendario pudiera transformarnos en personas
distintas. Compramos agendas nuevas, nos suscribimos a plataformas culturales que
apenas usaremos, renovamos membresías deportivas que languidecerán en el olvido. Y
cada febrero, el 64% de esos propósitos habrá fracasado estrepitosamente. Pero esta
liturgia del fracaso no es síntoma de debilidad moderna, sino un patrón que llevamos
repitiendo desde hace cuatro milenios, desde que los babilonios inventaron los propósitos
de Año Nuevo.
La historia de estos rituales se remonta hace unos 4.000 años, al festival babilónico de
Akitu, que se celebraba en marzo cuando comenzaba la temporada agrícola. Esta fiesta
duraba doce días con rituales complejos donde el sacerdote recitaba oraciones
melancólicas mientras el pueblo expresaba su temor a lo desconocido. Los babilonios
creían que los dioses determinaban el destino de todos en Año Nuevo. Durante el Akitu, la
gente prometía pagar deudas y devolver herramientas agrícolas prestadas para apaciguar
a Marduk. No eran propósitos de superación personal sino contratos de supervivencia: si
cumplías, buenas cosechas; si fallabas, hambre. Un sistema perfecto de control social
disfrazado de ritual religioso.
Los romanos perfeccionaron los propósitos convirtiéndolos en herramienta política. Según
Ovidio en sus Fastos, intercambiaban regalos de higos y miel que representaban
prosperidad. Pero el regalo más importante no era comestible: los funcionarios más altos
de Roma prometían lealtad a la república y juraban fidelidad al emperador. Enero estaba
dedicado a Jano, el dios de dos caras que mira al pasado y al futuro simultáneamente.
Los romanos hacían sacrificios y decoraban las puertas de sus casas como protección,
empezando el año con un pie en lo que fue y otro en lo que podría ser. Dos mil años
después, seguimos haciendo lo mismo con nuestros «year in review» en Instagram.
En la Europa medieval, el intercambio de «primeros regalos» el 1 de enero se consideraba
un presagio infalible: regalo valioso significaba año próspero; basura, doce meses de
desgracias. Los medievales desarrollaron el «first-footing», donde era crucial quién
cruzaba primero tu umbral ese día. El visitante ideal debía ser un hombre de cabello
oscuro y pisada firme. La especificidad absurda revela cuánto buscaban cualquier ilusión
de control. También existía la Fiesta de los Locos entre finales y comienzos de año, donde
las normas se invertían y los sacerdotes participaban en representaciones burlescas. Era
el equivalente medieval de las juergas de Nochevieja.
Entre los puritanos de los siglos XVII y XVIII surgió el deseo de evitar el libertinaje y
reflexionar sobre los pecados cometidos. En 1740, John Wesley introdujo el Servicio de
Renovación del Pacto como alternativa piadosa. Aquí los propósitos adquieren su tono
moralizante actual. Jonathan Edwards creó una lista de 70 resoluciones que incluían tratar
a la gente con amabilidad y evitar chismes. Fue el primer influencer de productividad
personal. Sus listas tenían el mismo espíritu optimista y condenado al fracaso que los «10
hábitos para transformar tu vida» que inundan las redes cada enero.
Hoy, los rituales de Año Nuevo son industria multimillonaria que explota nuestra
vulnerabilidad emocional. Las editoriales lanzan libros de autoayuda en enero, los
gimnasios venden suscripciones que dejaremos de usar en seis semanas, las plataformas
promocionan documentales sobre minimalismo justo cuando estamos más receptivos. En
lugar de miel y higos romanos, nos regalamos suscripciones a Spotify Premium y cursos
de Coursera que nunca terminaremos.
Lo fascinante es que el fracaso está integrado en el sistema. Hacia febrero, la mayoría de
los propósitos habrán fracasado, pero ese colapso no es el fin sino la renovación del ciclo.
Fracasamos en enero, nos sentimos culpables en febrero, nos resignamos en marzo, y
para diciembre estamos listos para comprar la próxima agenda que promete que esta vez
será diferente.
Desde los babilonios hasta nosotros, el patrón permanece idéntico. Enfrentados a la
incertidumbre del futuro, creamos rituales que nos dan ilusión de control. Los babilonios
devolvían herramientas para apaciguar a Marduk, nosotros compramos aplicaciones de
meditación para apaciguar nuestra ansiedad. Ellos regalaban miel como símbolo de
dulzura futura, nosotros regalamos tarjetas de Amazon como símbolo de consumo futuro.
El envoltorio cambia, el contenido emocional es idéntico: esperanza mercantilizada.
Los propósitos de Año Nuevo no son sobre cambiar ni mejorar, aunque nos digamos esa
mentira cada enero. Son sobre el ritual mismo, sobre participar en una tradición tan
antigua como la civilización. Los babilonios lo hacían con sus dioses, nosotros con
nuestros algoritmos, pero la función social es idéntica: renovar el pacto psicológico con el
futuro, aunque sepamos que lo romperemos en semanas.
Así que cuando te apuntes a ese gimnasio que usarás tres veces, recuerda que participas
en una de las tradiciones más antiguas de la humanidad. Los babilonios estarían
orgullosos.
