Santiago también quiso emigrar

Enero es el mes de las maletas. El mes en que los jóvenes aragoneses miran ofertas de trabajo en Madrid, en Barcelona, en el extranjero, mientras los pueblos de Teruel amanecen más vacíos que en diciembre y muchos se preguntan si tiene sentido seguir aquí, en una tierra que parece empeñada en expulsarnos a base de frío, olvido y falta de oportunidades. Enero es el mes en que más gente se siente como Santiago el Mayor en el año 40 después de Cristo: desanimado, frustrado, con ganas de largarse.

Porque esa es la historia real de la Venida de la Virgen del Pilar, no un cuento bonito de apariciones celestiales, sino la historia del primer joven que quiso emigrar de Aragón y al que convencieron de quedarse. Santiago llevaba meses predicando a orillas del Ebro y la cosa no funcionaba: cero conversiones, cero frutos, cero futuro. Un fracaso absoluto, como el licenciado que manda cien currículums y no recibe ni una respuesta, como el emprendedor que abre un negocio en Calatayud y cierra al año, como el médico rural que aguanta tres inviernos en Albarracín antes de pedir el traslado.

Santiago estaba a punto de tirar la toalla, de volver a Jerusalén con el rabo entre las piernas y decir que aquello no había manera. Que los habitantes del Ebro eran gente dura, cerrada, imposible. Entonces, según cuenta la tradición, apareció la Virgen en carne mortal, cuando aún vivía, y le dijo algo muy simple: «Quédate». No le prometió éxito inmediato ni le garantizó conversiones masivas, solo le dio un punto de apoyo físico, un pilar de jaspe, para que supiera que no estaba solo, para que tuviera algo sólido a lo que agarrarse. Dos mil años después, seguimos aquí, y ese es el verdadero milagro.

En 2026, Aragón sigue siendo tierra de resistencia, no de resistencia heroica ni épica, sino de resistencia callada, tozuda, casi irracional: la resistencia del que sabe que fuera puede que llueva menos pero aquí está su casa. La resistencia del que podría ganar más en otra parte pero prefiere vivir donde conoce al panadero, la resistencia del que vuelve cada fin de semana desde Madrid porque no puede quitarse de la cabeza los domingos en el pueblo.

Pero esa resistencia tiene un precio, y los datos de 2025 son demoledores: Aragón pierde población por séptimo año consecutivo, Teruel tiene menos habitantes que en 1900, Huesca se desangra en silencio. Incluso Zaragoza capital, que durante décadas fue el imán que compensaba el éxodo rural, empieza a perder atractivo frente a otras ciudades. Los jóvenes se marchan porque aquí no hay trabajo cualificado suficiente, porque los salarios son mucho más bajos que en Madrid, porque las oportunidades brillan por su ausencia, porque quedarse parece una condena y no una elección.

Y sin embargo muchos se quedan o vuelven, algunos por amor a la tierra, otros por necesidad, la mayoría por una mezcla de ambas cosas. Se quedan los que montan cooperativas en pueblos de trescientos habitantes, los que sacan oposiciones para trabajar en el hospital de Alcañiz, los que aceptan sueldos más bajos a cambio de poder criar a sus hijos cerca de los abuelos, los que prefieren vivir en un piso de sesenta metros en Zaragoza antes que en un zulo de veinte en Malasaña, los que cada mañana levantan la persiana de un comercio en la Calle Mayor de cualquier pueblo turolense sabiendo que ese día pasarán cinco clientes.

Esos son los verdaderos herederos de Santiago, los que siguen creyendo que esto tiene arreglo, que Aragón no está muerto, que se puede vivir aquí y vivir bien. Porque el Pilar de 2026 no es de jaspe sino de voluntad: es cada autónomo que decide no cerrar, cada familia que vuelve al pueblo en verano y se plantea quedarse para siempre, cada estudiante que rechaza una oferta en el extranjero para intentarlo aquí, cada alcalde de un pueblo de cien habitantes que pelea por una subvención para arreglar el consultorio, cada profesor que acepta una plaza en un CRA perdido, cada pareja que decide tener hijos en Aragón a pesar de todo.

No nos engañemos: la fe sola no llena pueblos. Hace falta inversión, infraestructuras, políticas serias contra la despoblación, conectividad, empleo de calidad. Hace falta que Madrid y Bruselas dejen de tratarnos como un solar vacío donde poner parques eólicos y poco más, hace falta que los gobiernos autonómicos de todos los colores dejen de vender humo y pongan dinero y medidas reales sobre la mesa.

Pero mientras eso llega o no llega, aquí seguimos, tozudos como el Apóstol, agarrados a nuestro pilar invisible resistiendo el frío, el olvido, la indiferencia. Porque la Venida no fue un acto religioso sino el primer plan contra la despoblación de nuestra historia, un plan simple: «Quédate, no estás solo, hay algo aquí que merece la pena». Y dos mil años después, cada uno de nosotros que sigue aquí, que vuelve aquí, que decide echar raíces aquí, está repitiendo el mismo milagro: el milagro de la permanencia, el milagro de seguir creyendo cuando todo invita a rendirse, el milagro de ser el primer emigrante que decidió quedarse.

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