La factura de la ostentación nos mata cada enero desde hace más de 500 años
La cuenta bancaria no solo tiembla en enero; sufre hipotermia. Creemos que la resaca
financiera es un invento del capitalismo moderno, hijo de las rebajas y el marketing
agresivo, pero nos equivocamos. El impulso de arruinarse por puro postureo es tan
antiguo como la sociedad misma. La diferencia es que nuestros antepasados contaban
con dos herramientas de gestión de riesgos que hoy nos parecerían una distopía de
ciencia ficción. Un Estado que te prohibía gastar por ley y una Iglesia que te rescataba
cuando, inevitablemente, lo hacías. Antes de que existieran los topes de la tarjeta de
crédito, existía Felipe II.
Las Leyes Suntuarias son quizás el capítulo más fascinante y olvidado de nuestra historia
legal. Obsesionado con que «las haciendas se pierden en vanidades», el Rey Prudente
convirtió la austeridad en política de Estado. No era solo moralina puritana; era
contabilidad nacional. Las pragmáticas reales entraban hasta la cocina y el ropero: se
prohibieron los hilos de oro y plata en los trajes y se vetaron los guardainfantes, esas
faldas monumentales que exigían metros de seda importada, por ser una ruina para el
bolsillo. La ley llegaba incluso al estómago, limitando por decreto el número de platos en
los banquetes a dos o tres tipos de carne. Ni una más.
Pero la vanidad es una fuerza más poderosa que el absolutismo. La gente gastaba igual,
prefiriendo la multa a la irrelevancia social. En 1623, un mercader de Toledo fue
condenado a pagar 50 ducados, tres meses de salario íntegro, por vestir a su mujer con
un brocado prohibido. Muchos, como ese mercader, pagaban gustosos el precio del
estatus. Quevedo, con su agudeza habitual, retrató esta esquizofrenia española en sus
versos: «¿No hay en él más que un jirón / y quiere almidonar cuellos?». Hidalgos famélicos
en casas vacías, gastando sus últimos maravedíes en aparentar que no lo eran.
El resultado era matemático. Tras los excesos llegaba el enero crudo, y en una economía
agraria, sin cosechas ni ingresos en invierno, la falta de liquidez era mortal. Ahí aparecía
el verdadero villano de esta historia: el usurero. Si el Estado era el padre estricto, el
usurero era el lobo. Un artesano que empeñaba sus herramientas en diciembre pagaba
en primavera intereses del 40%. Los archivos judiciales del XVII son un cementerio de
vidas rotas. «Por deuda de 200 reales con el mercader Hernández, se rematan dos yuntas
de bueyes, una cama de nogal y el ajuar doméstico». La usura era un agujero negro que
se tragaba familias enteras, talleres y dignidades.
La solución no vino de la banca, sino de los frailes. En la Italia del siglo XV, los
franciscanos inventaron el Monte de Piedad (Mons Pietatis), una revolución financiera
diseñada para romper las piernas a la usura. En España, el héroe de esta historia fue el
padre Francisco Piquer, capellán de las Descalzas Reales. En su confesionario
escuchaba siempre la misma tragedia: la de las «personas vergonzantes». Gente de clase
media, viudas y comerciantes venidos a menos, demasiado orgullosos para pedir limosna
pero desesperados por liquidez.
En 1702, Piquer colocó una cajita de ánimas en su iglesia. Empezó con un real de plata y
con el tiempo reunió 3.000 reales (apenas el salario anual de un funcionario) para fundar
el Monte de Piedad de Madrid. El sistema era genial en su sencillez: crédito contra prenda, sin interés. Un zapatero empeñaba sus herramientas en diciembre, sobrevivía a
enero y las recuperaba en primavera. Los registros de 1705 son una radiografía de la
miseria digna: 8 reales por unas tijeras de sastre, 25 por un rosario, 100 por un manto de
seda. Objetos que valían más por lo que permitían comer que por su precio.
Hacia 1750, diecisiete Montes de Piedad operaban en España habiendo prestado
millones de reales sin arruinar a nadie. Era la economía moral contra la economía de
mercado.
Hoy el panorama es distinto. Ya no hay pragmáticas que nos prohíban comprar el último
iPhone (aunque quizás a nuestro saldo le vendrían bien), y los Montes de Piedad han
mutado en casas de empeño corporativas o fundaciones bancarias. Cuando caemos en la
cuesta de enero entre facturas navideñas y la tentación de las rebajas, no nos espera la
cajita del padre Piquer, sino un TAE del 24%, comisiones ocultas y la letra pequeña de
una tarjeta revolving.
Cada enero repetimos el mismo drama de hace 500 años: la tensión eterna entre el deseo
de tener y la necesidad de supervivencia. Quizás el padre Piquer pensaría que sus
usureros del XVII eran unos aficionados comparados con los algoritmos financieros
actuales. Al menos en su época te arruinabas con cierta red de seguridad: el Estado te
intentaba frenar antes del abismo y, si caías, la Iglesia te tendía una mano sin intereses.
Ahora nos arruinamos en estricta libertad. Y no tengo claro que eso sea progreso.
