La verdadera Leyenda Negra de la ciencia española: estudiamos a Humboldt y olvidamos a Malaspina
Existe una imagen tragicómica que resume a la perfección la tensa relación entre España y la ciencia a lo largo de los siglos. Es la imagen de un hombre joven, un naturalista bohemio llamado Tadeo Haenke, corriendo desesperado por los muelles de Cádiz en julio de 1789, viendo cómo las corbetas Descubierta y Atrevida se alejan hacia el horizonte sin él. Haenke había sido contratado por la Corona española para participar en la mayor empresa científica de la Ilustración, la expedición de Alejandro Malaspina, pero llegó tarde. Cualquier otro se habría rendido, culpando a la burocracia o al destino… pero Haenke no. En un acto de locura quijotesca, se embarcó en el primer buque hacia Montevideo y decidió cruzar a pie la inmensidad de las pampas y la cordillera de los Andes para interceptar a la expedición en Chile. Lo logró, exhausto y maravillado, meses después. Esa carrera contra el tiempo y la geografía fue el preludio de una vida que encarna, mejor que ninguna otra, la brillantez y el fracaso de la ciencia española de finales del siglo XVIII.
La historia de la expedición Malaspina es la gran refutación a la Leyenda Negra que pinta a una España oscurantista, fanática e incapaz de producir conocimiento técnico. Fue un proyecto titánico, a la altura de los viajes del Capitán Cook o de La Pérouse, diseñado no para conquistar territorios, sino para catalogar el mundo. Durante cinco años, un equipo de astrónomos, cartógrafos, dibujantes y naturalistas barrió el Pacífico, desde Alaska hasta la Patagonia, acumulando un tesoro de datos botánicos, zoológicos y etnográficos que debería haber situado a España en la vanguardia científica de Europa. Y, sin embargo, hoy estudiamos a Humboldt y a Darwin, mientras que Malaspina y Haenke son notas al pie de página para eruditos. ¿Por qué?
La respuesta no está en la falta de talento, sino en la patología institucional española. Cuando la expedición regresó en 1794, el clima político había cambiado. El pánico a la Revolución Francesa había cerrado las fronteras ideológicas. Malaspina, un hombre de visión preclara que propuso reformas políticas para las colonias sugiriendo una confederación comercial en lugar de un dominio imperial, fue visto como un peligro. Godoy y Carlos IV no le dieron una medalla; lo encerraron en el castillo de San Antón de La Coruña. Con el capitán en desgracia, la expedición fue condenada al olvido. Los miles de dibujos, los herbarios y los mapas quedaron secuestrados en los archivos, criando polvo bajo el sello de «secreto de Estado».
Aquí es donde la figura de Tadeo Haenke adquiere tintes de tragedia. A diferencia de sus compañeros, él no regresó en los barcos. Obtuvo permiso para volver por tierra cruzando Sudamérica, pero la exuberancia de la selva y el caos político en la metrópoli lo atraparon. Se quedó en el Alto Perú (actual Bolivia), donde la administración española, con Malaspina ya en la cárcel y el país en crisis, dejó de responder a sus cartas y de pagarle el sueldo. Haenke siguió investigando por pura pasión intelectual. Descubrió nuevas especies, mejoró los procesos de minería del nitrato, estudió las propiedades medicinales de la flora andina y ejerció de médico y consejero para las comunidades locales.
La paradoja es sangrante. Antes de embarcarse hacia América, Alexander von Humboldt pasó por la corte española en 1799 y obtuvo lo que a Malaspina se le negó: libertad y apoyo. Y vamos a ponerlo peor aún: en Madrid, Humboldt tuvo acceso privilegiado a los mapas y mediciones inéditas de la expedición Malaspina, facilitados por las mismas autoridades que mantenían encarcelado a su autor en un castillo gallego. El prusiano, astuto y brillante, reconoció la genialidad del trabajo español y lo utilizó para calibrar sus propios instrumentos y planificar sus rutas.
Pero la historia la escriben quienes publican. Humboldt volvió a Europa, editó su obra monumental y se convirtió en el padre de la geografía moderna, siendo aclamado mundialmente. España, que tenía los datos antes que nadie, se los entregó a un extranjero mientras condenaba a los suyos al silencio por miedo político y miopía administrativa. Regalamos el prestigio científico porque no supimos gestionar la libertad de pensamiento que la ciencia requiere.
El destino de Haenke en Bolivia fue triste y oscuro, muriendo en circunstancias extrañas —se habla de envenenamiento accidental o provocado— en 1817, lejos de su Bohemia natal y olvidado por la España que lo contrató. Su inmensa obra quedó dispersa, fragmentada en archivos de conventos o perdida para siempre. Fue un cerebro fugado no por elección, sino por abandono.
Este episodio histórico resuena con una actualidad incómoda. A menudo nos fustigamos pensando que España «no es país para la ciencia», citando el terrible «que inventen ellos» de Unamuno. Pero el caso de Malaspina y Haenke demuestra lo contrario: España ha tenido científicos de primer orden, exploradores audaces y recursos para financiar la vanguardia. Lo que ha fallado sistemáticamente no es el individuo, sino la estructura. Ha fallado el Estado, incapaz de entender que la investigación no sirve de nada si se censura, si se politiza o si se encierra en un sótano.
Tadeo Haenke persiguiendo una expedición por medio mundo es la metáfora eterna de la ciencia en nuestro país: un esfuerzo individual titánico, impulsado por una vocación inquebrantable, que a menudo termina chocando contra el muro de la indiferencia institucional. La Leyenda Negra de la ciencia española no es que no hayamos tenido ciencia; es que nosotros mismos nos encargamos de borrarla, dejando que nuestros Haenkes mueran en el olvido mientras el mundo aplaude a los Humboldts.
