El oficio de vivir
Vivir es arriesgarse, a veces con osadía, fortaleza y pasión.
Es fracasar una y otra vez sin quedarnos atrapados en los deseos o las buenas intenciones.
Porque si vivir es el oficio de hacer la propia tarea, esta requiere atravesar una línea muy delgada, la más ancha de todas: la que divide la intención del acto.
Hacer, sentir, vivir…
¿Qué otra cosa es, si no, vivir?
¿Apuntar eternamente hacia lo que no es eterno ni siempre espera?
¿Anhelar sin intentarlo, confiando en que estará ahí para nosotros?
¿Qué somos ante la insistente excusa del “mañana lo haré”?
Quizás la pereza de no querer hacer nada.
O la pereza del desaliento, lamentando lo no logrado por no haberlo intentado.
O tal vez la pereza de estar demasiado ocupados con lo absurdo, lo irrelevante, lo nimio, lo intrascendente…
Eso que no vale nada, pero usamos como excusa para escapar de lo que de verdad sí es valioso.
Al final, te darás cuenta de que da igual ser impopular.
Porque es injusto preferir que alguien se sienta bien creyendo tener razón antes que ser tú mismo, haciendo que la verdad reluzca, aunque eso signifique mostrarle a otros que estaban equivocados.
Ser uno mismo, a pesar de todo, incomoda.
Y sí, a muchos no les va a gustar.
Pero el problema será suyo, no nuestro.
Vivir es un oficio ejercitado en la tarea de atrapar milagros que flotan en el aire.
Pero hay que esforzarse para atraparlos.
Tener fortaleza ante la frustración si erramos, y coraje para volver a intentarlo.
Tener prudencia para moderar la osadía y valentía para seguir.
Porque la audacia está en darnos cuenta de que la mayoría de nuestros temores vienen en un pequeño frasco con una etiqueta que dice simplemente: “irrealidad”.
Y se acierta haciendo, no apuntando para siempre.
Ejercer el oficio de vivir requiere práctica.
Como en el Aikido: destreza para caer, inteligencia para golpearnos lo menos posible, dignidad para levantarnos y sabiduría para golpear antes de ser golpeados.
Pero, ante todo, humildad, tanto si ganamos como si nos toca perder.
Ser es atreverse a mirar hacia dentro, con el valor suficiente para dejar de escuchar el ruido de fuera
y empezar a sentir el silencio absoluto del corazón y del alma.






